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Mostrando entradas de 2020

¡Salud por el divorcio!

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 "¡Brindemos por el divorcio!" exclamó mi padre rompiendo el incómodo silencio, mientras se dirigía al mueble negro y sacaba las copas de champaña alemanas que les había regalado la amiga Katja. Mi hermana Martina se levantó del sillón y se fue corriendo a su dormitorio, en un gesto desenfadado que mezclaba lágrimas y rabia. No recuerdo si mi hermana Sara estaba ahí o había salido. El asunto es que sólo quedaron en la sala mis padres y yo. Mi mamá estaba ahí ¿dónde más podría estar yo? aunque sabía que aquella no era una buena situación, siempre fui de las que se quedaba al pie del cañón.  Mi madre le recibió la copa, desafiante. Yo observé hipnotizada cómo caía la champaña sobre esa copa alargada que parecía eterna. Bebieron. Sólo había silencio y gritos lejanos de la gente que celebraba el año nuevo ¡el año 2000!, el cambio de milenio era un acontecimiento que había vuelto loco al mundo y yo lo celebraba junto a mis padres mientras el techo se caía a pedacitos, mientras me ...

Separates ways. Parte 1

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Entonces Adolf se fue...pero sin irse. Me dijo que ahora estaba con otra, que ya la había besado y que me dejaba. Aunque suene extraño, mi mente estaba esperando ese momento y logré actuar como un pedazo de metal...hasta que Adolf extendió su blanca y huesuda mano para tocarme, en un incomprensible gesto de consuelo; su tacto por sobre mi abrigo se sintió como una brasa que me abrió una herida y, de dolor real y tangible, exploté en llanto.  Adolf se iba, pero por esos minutos, se quedaba.  Agradecí que la noche estuviera tan negra, agradecí que todavía fuera invierno y el frío de la tarde me refrescara el rostro enrojecido. Agradecí que todo por fin estuviera dicho y que al fin la noche me deparara descanso en el abandono de todas mis expectativas. Se acababan los largos días de vagabundear por todas las calles donde él solía aparecer, buscándolo.  Se acababan mis tardes de psicópata esperándolo fuera de su casa, bajo la lluvia, empapándome a la vista de los vecinos, tra...

Psiquiatría, que te jodas.

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El tenedor asesino perseguía a las escurridizas uvas verdes y mojadas, tratando inútilmente de pincharlas una y otra vez, extendiendo aquel ritual más allá de lo soportable. "¿por qué cresta no las toma con la mano? por favor, agarra la maldita uva y cómetela de una vez!", pensaba mientras lo miraba desde el sillón de enfrente. Pero no podía decírselo,  claro, él era el doctor y yo la loca y sólo podía estar ahí, exhasperándome en silencio mientras respondía sus preguntas automáticamente. Era el tercer o cuarto psiquiatra que veía durante esos meses. Según decían, era el mejor de la ciudad y puede que sea cierto, pero para mí perdió todo crédito cuando, gracias a mis padres, se ganó 60 lucas durante lo que parecía ser su hora de colación. Unos 8 meses antes, el 2011, había visto al primero de aquellos doctores. Terminé en su consulta luego de dos semanas de haber faltado a clases, haber dejado pruebas en blanco, salir de la sala y el edificio de la universidad abruptamente y ...

Goodbye baby, goodbye.

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 ¿Volvamos a casa? Mis ojos se abrieron como platos mientras miraban a mi madre, sentada al otro lado de la mesa del desayuno...  ¿en serio? ¿en serio podemos volver? y en cuanto afirmé con la cabeza, corrimos a armar rápidamente nuestros bolsos, como si nos hubieran dado permiso para abrir los regalos de navidad. Suficiente dosis de Osorno para mí. Era a finales de junio, un oscuro y congelado junio del sur. Había llegado a la ciudad en marzo, pero mi madre llevaba unos meses ya establecida junto a Roland, mi padrastro.  Esta vez no llegué a la casa de la Rosita; no había salones misteriosos ni escaleras enceradas ni patios con montañas y duendes. Esta vez había un departamento enorme en el centro de la ciudad, moderno y luminoso, con pasillos llenos de closets y dormitorio con baño para la empleada, junto a la cocina. Había un comedor macizo con cubierta de vidrio, conserje y un dormitorio para mí cuya vista daba hacia los cerros y el cielo abierto.  Tenía yo 13 añ...

Luz, cámara y dolor.

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Cuando eligieron mi guión como la primera opción para ser llevado a un cortometraje, puede que haya sido uno de los momentos más gloriosos que he vivido.    Estaba allí para eso. Sabía que si me daban la oportunidad  podía llegar a triunfar y destacarme como la artista que, estaba segura, siempre había sido. Sólo necesitaba que mi padre se gastara una millonada y que los profesores santiaguinos, cineastas, fotógrafos y guionistas de la tele, se dieran un tiempo para revisar mis trabajos...así se haría la magia! Así se hizo el primer año, cuando todos mis guiones fueron escogidos y mis cuentos fueron reconocidos y mis obras de teatro fueron aplaudidas... Y ahora  contaré cómo me encargué de arruinar cada buena señal que los meses me fueron regalando y cómo logré tapar con barro cada pequeño éxito de estudiante de comunicación. Por supuesto, no estuve sola en esta gran hecatombe de  lo que fueron los años 2008 y 2009. Mis agradecimientos especiales a la depresión ...

Día del orgullo freak

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Mi casa era silenciosa, lenta,  como  si hubiéramos estado debajo del agua. Mi cabeza se volvió ruidosa para llenar aquel vacío acústico. Mi cabeza creó su propio coro de voces infantiles para acallar los secretos que guardaban los pasillos, en idiomas de grandes que aún no comprendía. Y de a poco, bajo la mirada seria de mi abuela y la triste ausencia emocional de mi madre, me convertí en un ser fantástico, más combinado con mi mundo de dragones, valles de lava, estrellas de rock y luchas a espada y conjuros mágicos.  Pero ya en el kinder, las tías me observaron con desaprobación y condenaron mis silenciosos juegos. Me prohibieron caminar en línea recta siguiendo las marcas del suelo del patio porque dijeron que no era bueno que otras niñas me imitaran y que no compartiera con todas ¡pero no sabían que aquellas finas líneas verdes eran troncos que me impedían caer al abismo en mi camino hacia un enorme castillo! me retaron porque prefería quedarme mirando por la ventana...

la Madriguera

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Desde alguna parte, volví allí ¿de qué otra forma podría explicar ésa sensación? Lo supe en cuanto me senté en el suelo de madera de aquel cuarto vacío, inundado por la radiante luz que entraba por la única ventana. Aquel era mi lugar.  La primera noche que dejé caer mi cabeza sobre las mantas, ya que los primeros  días ni siquiera teníamos un colchón, sentí que descansaba después de un largo, largo viaje. Tomé consciencia por primera vez de mi huesudo cuerpo fatigado, maltratado por una vida desordenada y enferma. En ese momento la turba de mis pensamientos se detuvo, todas las voces se callaron. Ahora que lo pienso, era la misma sensación que me provocaba Adolf en nuestros primeros encuentros, pero de forma más potente. Quizás fue Adolf y su presencia los que se apoderaron de aquel cuarto y tomó la vida de nuestra historia que comenzaba.  Recuerdo cuando, de sorpresa, me dirigió a aquel lugar por primera vez. Ibamos paseando, como de costumbre, por mi kármica calle Clar...

Not today.

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Esta vez es una de aquellas veces en las que la muerte se presentó ante mí tan de cerca que hasta sentí que toqué sus frías manos de reina congelada y todo mi cuerpo se inundó de aroma a hielo.  Aquel hombre, muerto frente a mí, era un completo desconocido, lo vi por primera y última vez sobre la mesa de la morgue y, a pesar de que su partida no causaba en mí ninguna conmoción,  me hizo llorar de angustia y temor. Pero empezaré por el principio. En la universidad tuve una amiga por casi 3 años, o algo así. Nos unimos tanto que pasamos a llamarnos "manas", es  decir, "hermana". Nos separamos, por supuesto, como suele pasarme con todas mis amigas...con todas las personas. En esta historia da lo mismo lo que nos unió y nos desunió, sólo importa que aquella noche, a eso de las 2 de la mañana, me llamó por teléfono para contarme que su padre había finalmente fallecido. El pobre hombre,  de avanzada edad, había estado agonizando hace bastante tiempo por culpa del cáncer y...

Miércoles de cine

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Debe haber sido miércoles, porque los miércoles íbamos al cine y ése día habíamos quedado de acuerdo. Bueno, no hacía mucha falta coordinar nada, cada miércoles el cine rebajaba su entrada y cobraba como luka.  Íbamos a ver cualquier cosa y a comer palomitas con coca cola.  Por ése tiempo, a mis 15 años, mi mamá yo ya habíamos dejado el papel de sufrientes  y habíamos decidido volvernos unas locas rebeldes. Yo pinté mi pelo rojo y ella empezó a escribir poesía en internet ¡sí, ya habia llegado internet a nuestras vidas con la compra de papá de nuestro primer computador! AHora que lo pienso,  creo que ese computador fue pensado como un ancla para nosotras que poco resultó, ya que todavía deambulábamos como gitanas entre la casa de mi papá y la de David, según los asaltos de nostalgia de mi madre, pero ésa es otra historia... Ella, la nueva poeta que se endeudaba en casas comerciales para viajar por latinoamérica llendo a encuentros literarios, yo, la nueva adolescen...