la Madriguera
Desde alguna parte, volví allí ¿de qué otra forma podría explicar ésa sensación? Lo supe en cuanto me senté en el suelo de madera de aquel cuarto vacío, inundado por la radiante luz que entraba por la única ventana. Aquel era mi lugar.
La primera noche que dejé caer mi cabeza sobre las mantas, ya que los primeros días ni siquiera teníamos un colchón, sentí que descansaba después de un largo, largo viaje. Tomé consciencia por primera vez de mi huesudo cuerpo fatigado, maltratado por una vida desordenada y enferma. En ese momento la turba de mis pensamientos se detuvo, todas las voces se callaron. Ahora que lo pienso, era la misma sensación que me provocaba Adolf en nuestros primeros encuentros, pero de forma más potente. Quizás fue Adolf y su presencia los que se apoderaron de aquel cuarto y tomó la vida de nuestra historia que comenzaba.
Recuerdo cuando, de sorpresa, me dirigió a aquel lugar por primera vez. Ibamos paseando, como de costumbre, por mi kármica calle Claro Solar, cuando se detuvo en la puerta de una vieja casa, sacó una llave de su bolsillo, sonriendo e indicándome la primera puerta de la izquierda dentro de aquel hall,me invitó a entrar al que sería mi hogar en el próximo par de años. Sinceramente, no recuerdo cuanto tiempo estuvimos allí, pero soy capaz de recorrer cada uno de los meses, cada estación, cada día y cada hora de los días que pasé allí.
No vivíamos juntos. Yo seguía viviendo en casa con mis papás. Había retomado recién la universidad y Adolf no contaba con los medios económicos para mantenernos a los dos. Sin embargo, como al principio mi madre no aceptaba nuestra relación, la convivencia en casa se había tornado en un infierno nuevamente. Empecé a pasar cada vez más tiempo en nuestra Madriguera, hasta que comencé también a pasar días y noches en ella. Allí verdaderamente dormía, verdaderamente comía y verdaderamente amaba. Celebraba la llegada de la primavera mirando las flores del cerezo fuera de nuestra ventana y en el invierno, llegaba a secar mi ropa empapada en la estufa mientras tomaba milo y mirábamos series en el computador. A veces Adolf no estaba, salía a trabajar y yo me quedaba allí sola. Era en esos momentos de soledad en los que forjé mi real relación con aquel lugar. Me sentía dueña de casa ¡de mi casa! de mi primera casa. Dentro de ella me sentía una adulta real y no una niña frágil y perdida como la que era en mi casa, ni una joven extraña y solitaria como era en la universidad, ni la loca taimada que solía ser en los bares en los que había vivido en los últimos años.
No, en esa cuarto, que era mi castillo, yo era una mujer de carne y hueso. Era amada en alma y cuerpo por un hombre que me conocía de verdad, en todas mis facetas y con toda mi realidad a cuestas. Cuando me quedaba sola en la Madriguera la limpiaba, la decoraba, cambiaba las cosas de lugar. También leía, estudiaba, pensaba y dejaba de pensar.
Aún hoy, tantos años después, vuelvo allí con mi mente cada vez que quiero para sentirme apropiada de la identidad que construí en aquel lugar. Con Adolf conversábamos, dormíamos, trabajábamos, veíamos películas, hacíamos fotografías... era todo nuestro mundo. Dentro, nos encontrábamos en lo que parecía ser una eterna primavera y al salir reíamos al darnos cuenta que la lluvia empapaba la calle o que el día se había vuelto totalmente gris...hasta que un viento destructor comenzó a soplar e hizo que aquel dispar fenómeno comenzó a ocurrir a la inversa.
Llegó el tiempo difícil, quizás, por el invierno del 2013 ¿qué fue lo que pasó? sólo se me vienen a la mente una cadena de imágenes y recuerdos: no había dinero, Adolf se volvió un personaje oscuro que podía dar portazos, miradas de hielo y palabras afiladas, que podía expulsarme de mi propia casa, a veces en plena noche ¿qué sombra oscura ocupó su lugar?
Así fue como cayó la noche sobre mi casa.
Muchas veces no pude entrar en ella porque Adolf no me dejaba. Entonces, yo me instalaba bajo el techo de una galería de la calle de enfrente para protegerme de la lluvia y allí pasaba horas. Para quien visualiza un patético cuadro de aquella escena, les preguntaré ¿dónde busca uno refugio, si no es en su propia casa? Mi sentimiento estaba atado a aquel lugar en el que crecí interiormente y, de pronto, por lo que a ratos consideraba las rabietas de Adolf, yo ya no podía ser dueña de aquel lugar, ya no podía disfrutar del silencio de sus espacios vacíos ni perderme en las figuras que se dibujaban en las maderas, no podía detenerme a escuchar con curiosidad los ruidos que a veces hacían los vecinos de los otros cuartos, no podía ir al baño o al patio, no podía limpiar la ventana ni apagar la luz para reposar mi cabeza y dormir...porque ya dije que sólo allí pude dormir. "¡pero qué te has creído, por la mierda!" le gritaba en mi mente. Pero yo estaba consciente de la realidad, la Madriguera era de Adolf, no era mía . Poco a poco pasé a convertirme en una visita molesta para él hasta que...
bueno, hasta que la gran crisis tocó a nuestra puerta y yo, pudiendo aportar apenas con míseros pesos que conseguía y con Adolf sumiéndose cada vez más en aquella mala racha maldita que lo arrastró a la depresión, perdimos la Madriguera. Quién sabe cuántos meses de no pago colmaron la paciencia del arrendador y terminó poniendo fin a mi sueño. No recuerdo ni cuando supe, pero sí recuerdo la última vez que estuve allí. Acompañé a Adolf a buscar las últimas cosas, que apenas era una caja con recuerdos, miré por última vez el colchón sobre el que ya no podría volver a dormir y salí y sentí cuando Adolf cerró fuertemente la puerta detrás de mí. No demostraba mis sentimientos para no hacerlo sentir peor de lo que ya se sentía, pero por dentro era de nuevo una niña de 12 años que no tenía lugar al que llegar porque de nuevo mamá había querido escapar. Otra vez me encontraba de noche en la calle cargando un bolso, debiendo mostrar desinterés por perder mi lugar en el mundo.
Mientras me alejaba, prometí volver.
Pasaron 2, 4, 7 años...y yo mantuve mi promesa de volver. En cuanto tuviera suficiente dinero para pagar el arriendo yo volvería y trataba de decidir si lo convertiría en mi consulta privada o en mi oficina o simplemente en mi refugio secreto. Incluso cuando ahora Adolf sueña con grandes ciudades y lugares nuevos, yo sólo lo escuchaba en silencio, sin atreverme a confesarle que todo lo que quería era volver a aquel simple cuartito...en mi mente, sonaba una romántica cursilería y me avergonzaba. Todos estos años, cuando me sentía triste o nostálgica o sola, pasaba por fuera de la casa. También cuando Adolf me dejó o pasaron mil cosas después, iba allí, la miraba y con mi imaginación le prendía fuego de pura rabia y despecho ¡viejas maderas que resistieron hasta los incendios que le dediqué!.
Ponía atención cuando ponían y sacaban el letrero de "se arrienda pieza"; sentía una tenue molestia cuando percibía que alguien estaba viviendo allí. A veces me detenía enfrente por un rato, esperando si la casualidad hacía que alguien abriera la puerta principal y así podría colarme para pasar a mi casa un rato...mi casa. Lo más cerca que estuve de concretar aquel encuentro con mis antiguas paredes fue cuando quitaron las cortinas de la ventana y pude recorrer con la mirada mi adorada habitación vacía. Estaba igual, siempre estuvo igual. Según yo, esperándome fielmente.
Según yo ¡yo! que narcisismo el mío pensar que los sueños de mi tonta cabeza, por humildes que fueran, podían hacerse realidad. Que ingenua pensar que año tras años, aquella casa vieja se rebelaría ante el tiempo y la modernidad sólo por recibir una vez más a una de las tantas ex moradoras que, sólo por sus infantiles traumas, se había quedado pegada a un recuerdo luminoso, como luciérnaga en una ampolleta.
El otro día, caminando desde la avenida al centro, me sentí nostálgica. Ya había oscurecido. Las calles, como siempre en esta nueva era, estaban casi vacías. Decidí tomarme mi calle y pasar frente a la Madriguera para recibir ese vientecillo cálido del pasado que escapaba desde sus rendijas. En mis audífonos empezó a sonar aquella triste canción de LP "Forever for now" y pensé "wou! ¡qué perfecta conjunción!", pero algo en aquella estaba distinto. Intento poner en palabras los siguientes segundos: sentí que había avanzado demasiado y había pasado de largo, miré hacia atrás y la oscuridad desierta me desorientó, miré a mi lado "¡pero qué tonta, si aquí está, es que la han pintado!" sonreí, pero claro que la puerta no estaba igual ni las ventanas ni las luces ¡no, no, ésta es la casa de al lado!" y miré otra vez hacia atrás, retrocedí unos pasos, miré otra vez y vi la realidad. Mi Madriguera era ahora un pozo de tierra negra, cercado de mallas, entre las dos casas colindantes. Nada había allí, ni puerta, ni muros, ni ventanas...ni mi casa ¡botaron mi casa, hijos de su puta madre!. Sin dar crédito todavía crucé hacia la vereda de enfrente corriendo y me detuve desde la galería desde la que tantas veces la observé, saqué cálculos absurdos y tratando de dar el mismo ángulo desde allí con mi mirada, la realidad no cambiaba: un gran agujero negro que se fundía con la oscuridad del cielo, construyendo una torre de nada, una torre de vacío, una torre de dolor ¡dolor! arcadas, lágrimas veloces, llanto compulsivo, entrecortado, más bien un gemido ahogado ¡qué escándalo! pero es que no había nadie, nadie, nadie... Ya no estaba mi casa, ya nunca más estaría. Yo ya no tendría nunca más, ningún lugar en el mundo. Qué odio ¡qué odio! ¿qué hacía yo mientras la mujer de mi historia, mientras la voz que guardé escondida entre aquellas maderas luminosas, era derribada sin piedad? No, no...no podía ser. Dije que iba a volver...y no volví. Jamás volví.
Me fui. En la oscuridad, las personas con las que me fui cruzando no podía distinguir que los ojos me seguían llorando solos. Me saqué la maldita mascarilla que no me dejaba respirar. Escapé de aquella pesadilla, sintiéndome como una criatura totalmente despojada de su inocencia, como si algo de ella aún pudiera haber quedado. Ofendida, insultada, agraviada. Y ahora cómo mierda resolvería esto.
Llegué a la plaza y me senté allí por mucho rato, aún tratando de procesar la realidad. Adolf me llamaba al celular, no contesté ¿qué podría decir, quién podría entender? era una verdadera estupidez. El impacto de mi pérdida no la entendería ni un terapeuta: muchacha tarada, traumada, enrollada. Estúpida ¡estúpida!. ¿Cómo sabré ahora que realmente aquellos años existieron? ¿quién será testigo de que fui amada y grande y que alguna vez tuve la vida de una mujer de verdad? ¿cómo podrán tener tanta fuerza mis recuerdos como para permanecer aún cuando todo lo material se derrumbe? "No tengo fotografías" pensé, no tengo. Y finalmente ¿sigue existiendo el año 2012, el 2013? ¿siguen existiendo esas tardes de abrazos infinitos, esas ausencias de la universidad, las largas noches cálidas deseando que no amaneciera? ¿siguen existiendo las llegadas de Adolf en que, al encontrarme dormida, se recostaba a mi lado y me abrazaba? ¿las tardes de fotografías, las tardes de milo mirando películas? ¿sigue existiendo la ilusión que creció en mí de una vida juntos, incluso cuando nos atrevimos a hablar avergonzados de matrimonio e hijos, siendo nosotros dos perdidos y solitarios que rechazan aún las convenciones y la normalidad?. Nosotros no somos los mismos y, si algo de aquella inocencia y pasión del inicio pudo quedar atrapada en los rincones de aquel cuarto, si alguna huella dejamos en el espacio psicofónico, hoy lo sabrá sólo la tierra y, supongo, la aberrante torre de departamentos que construyan para aplastar el color de mi amada casa.
Esta historia no tiene un final, al menos, no uno aceptable para mí. Acaba de suceder. No he vuelto allí. Y en realidad...
Suena forever for now.







Comentarios
Publicar un comentario