Día del orgullo freak

Mi casa era silenciosa, lenta,  como  si hubiéramos estado debajo del agua. Mi cabeza se volvió ruidosa para llenar aquel vacío acústico. Mi cabeza creó su propio coro de voces
infantiles para acallar los secretos que guardaban los pasillos, en idiomas de grandes que aún no comprendía. Y de a poco, bajo la mirada seria de mi abuela y la triste ausencia emocional de mi madre, me convertí en un ser fantástico, más combinado con mi mundo de dragones, valles de lava, estrellas de rock y luchas a espada y conjuros mágicos. 
Pero ya en el kinder, las tías me observaron con desaprobación y condenaron mis silenciosos juegos. Me prohibieron caminar en línea recta siguiendo las marcas del suelo del patio porque dijeron que no era bueno que otras niñas me imitaran y que no compartiera con todas ¡pero no sabían que aquellas finas líneas verdes eran troncos que me impedían caer al abismo en mi camino hacia un enorme castillo! me retaron porque prefería quedarme mirando por la ventana las naves espaciales que venían a invadir el colegio en lugar de 
hacer mi tarea de caligrafía, me interrumpieron cada vez que hablaba sola en la sala de
juegos con algún hada salida de un rincón que me venía a encomendar una importante misión...

Rasgos autistas, que me llevaran al médico o al psicólogo. 












Querían hacerme volver y por ratos lo lograban ¡pero cómo, a los 5 años,  podría haberles explicado que tenía terror de estar en este lado de la realidad! Con las voces susurrantes
de mis padres por las noches que hablaban de divorcios  e infidelidades, con el llanto diario y ahogado de mi madre, con los combos que le daban a la pared cuando peleaban, con los gritos histéricos de mi pobre hermana que sufría un despiado bullying, con esa sensación ambigua que aprisionaba las tardes de invierno, como si siempre algo malo estuviera por pasar, con los problemas económicos, con mi padre frustrado y enojado, con mi madre amargada y esclava.
Querían hacerme volver para aumentar mis despertares con la boca sangrando por el terrible bruxismo que me afectaba desde niña, que mi mamá curaba con salmuera. Y es que antes de dormir escuchaba aquellos diálogos interminables e incomprensibles entre mis padres. Yo simulaba dormir, tiesa en la cama y mi vista sólo apuntaba al cuadro de una virgen desfigurada que me amenazaba con el apocalipsis y el infierno, en lugar de consolar como la madre universal que se suponía que era, mientras yo sólo acallaba las voces con rezos mudos en los que le rogaba al severo dios que esa noche no se acabara el  mundo.   

Y engañé a profesores, a las monjas del colegio y a mis tontas compañeras. Comencé a
jugar con ellas con desgano, sólo lo suficiente para parecerles una niña mentalmente sana. Me puse a estudiar y saqué buenas notas. Miraba al pizarrón, hacía la tarea, jugaba con esas tonteritas de teteras y tacitas de té, pintaba dibujos de uvas y manzanas (aunque también hubo problemas cuando empecé a usar puntillismo para pintar, que ni idea de dónde lo saqué, porque les pareció otra conducta obsesiva,así que volví a la  pintura plana y pegajosa de los guatones lápices de cera). 

Aparentemente adaptada, me dejaron en paz, y en lugar de 
considerarme una niña autista me creyeron simplemente "pava", "callada",
"quedada"...en palabras técnicas "introvertida". Y con esa etiqueta pasé la enseñanza básica, cada día con temor a que las niñas me llamaran tonta, con temor a tener que hablarles sin saber qué había que decir, con temor a ser pasada a la pizarra y escuchar esas risitas cuyo único fin en el estereotipado sistema de educación formal, era asegurarse de seguir marcando a la "rara" del curso. 
Pero yo nunca volví. Y con el paso de los años, llegando la adolescencia, pasé a llevar con orgullo la etiqueta que la sociedad escolar me había implantado. 



La "rara" del curso con la evolución del lenguaje y la moda spanglish pasó a ser la "freak" que se pasó al lado oscuro, al lado de los marginados y anormales, al lado de la rebeldía silenciosa e intelectual, pasiva-agresiva, indiferente, de pelo rojo y abrigos largos y guiones de teatro en el cuaderno de castellano. Y pronto mi rareza fue una bandera de lucha personal en cada lugar en el que me encontraba y ya de más  adulta mandé al carajo la opinión de la gente. 
Y aún ahora, en círculos de pseudo profesionales y pseudo académicos en los que me muevo, aún me llegan los susurros de mi título nobiliario ¡y opinan tras bastidores, cómo si aquella fuera una ofensa! como  si no supieran que desde los 5 años que he sido, en todas partes, una elegante, arrogante y hostigante rareza en esta mediocre sociedad. 

Porque como dijo Tyrion "convierte tu punto débil en tu mejor arma. Úsalo como armadura y nadie podrá usarlo para herirte". Cheers to that!!

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