Miércoles de cine


Debe haber sido miércoles, porque los miércoles íbamos al cine y ése día habíamos quedado de acuerdo. Bueno, no hacía mucha falta coordinar nada, cada miércoles el cine rebajaba su entrada y cobraba como luka.  Íbamos a ver cualquier cosa y a comer palomitas con coca cola.  Por ése tiempo, a mis 15 años, mi mamá yo ya habíamos dejado el papel de sufrientes  y habíamos decidido volvernos unas locas rebeldes. Yo pinté mi pelo rojo y ella empezó a escribir poesía en internet ¡sí, ya habia llegado internet a nuestras vidas con la compra de papá de nuestro primer computador! AHora que lo pienso,  creo que ese computador fue pensado como un ancla para nosotras que poco resultó, ya que todavía deambulábamos como gitanas entre la casa de mi papá y la de David, según los asaltos de nostalgia de mi madre, pero ésa es otra historia...
Ella, la nueva poeta que se endeudaba en casas comerciales para viajar por latinoamérica llendo a encuentros literarios, yo, la nueva adolescente freak del
colegio de monjas que cambió el uniforme por largos abrigos y sólo le interesaba crear obras de teatro, éramos una dupla insuperable. Salíamos, gastábamos, comprábamos cada semana un nuevo libro porque yo me los devoraba, mentíamos a los demás si era necesario, manipulábamos, reíamos. Formamos una alianza de cuidado mutuo  frente a un mundo que sólo atacaba y criticaba nuestra humilde emancipación, que nos había dejado solas. Pero lo más  importante, compartíamos el  sueño de irnos de Chile. Estábamos hartas de nuestra historia y nuestro altísimo ego o, como otros dirían, confianza en nuestros talentos, nos hacían creer que lléndonos a la aventura a un lugar de nuevas
oportunidades, nuestra vida cambiaría; dejaríamos de depender de los hombres y tendríamos una vida real  juntas, solas, a nuestro estilo. Yo creía firmemente en su intención, creía en mi mamá a ciegas y depositaba toda mi esperanza en ese futuro, soportando con esa idea en mi cabeza los ingratos días en el colegio, donde las niñas y profesores me criticaban y aislaban por parecerles diferente, y los ingratos días en casa, donde las peleas entre mi mamá, mi papá y mis hermanas mayores subían de calibre hasta dejar a mi mamá con crisis nerviosas que nos hacían terminar en la clínica o a mí velando su fiebre y dolor de cabeza durante toda la noche, rezando (¡sí, rezando!) para que no se muriera.
Entonces era miércoles e iríamos al cine. A la 1 de la tarde bajé corriendo las escaleras desde el 3º piso en que estaba mi sala, me despedí de mi fiel amiga Nicol y fui hasta el teléfono público del  colegio.  Sólo quería saber dónde nos juntaríamos. Pero no contestó mi mamá, sino mi hermana Ana y me dijo que la mamá había tenido un accidente y estaba en el  hospital.
La seguidilla de acontecimientos no importa. Sólo llegué a casa y me cambié de ropa y mi papá llegó a buscarme para llevarme al hospital. Parece que fue él quien me dijo que no había sido un accidente (Ana ni me hablaba), sino que había sido un intento suicida. Después supe que se tomó todo su arsenal de pastillas y había metido la cabeza en el horno para intoxicarse con el gas.
Cuando  llegué al hospital, mi papá me dejó y se fue; tenía que trabajar porque había tenido que cerrar el negocio para salir y, obviamente, eso era inaudito en su mundo. Quedé ahí sola. Sola. Sola en la sala de urgencias. Me acerqué a la ventanilla para preguntar mi mamá, pero me dijeron que la estaban atendiendo y que llamarían cuando fuera pertinente. Me senté  a esperar con frío en el alma y el rostro vacío. Todo era irreal. Era miércoles, íbamos al cine.
Pasaron muchas horas en las que llamarme, como dijo la señorita, no era pertinente. Oscureció pronto, era invierno. Salí. La plaza del hospital me recibió. Mucha gente
transita por ese  lugar, toma locomoción, va a la universidad, al supermercado de la esquina, a cualquier parte.  Había llovido y me senté sobre una banca mojada. Sentía tanto frío y soledad. Llamé a la Nicol, pero su madre me dijo que se había puesto enferma. No le conté nada. Y en esa plaza,  en ese momento, un miércoles de invierno a eso de las 7 de la tarde, una nueva y arrebatadora sensación comenzó a apoderarse de mí, me quemaba por dentro, sentía que me incendiaba. Una sensación llamada Rabia. Yo no la conocía. Hasta ese momento el miedo, la desesperación, la nostalgia, la inspiración y la esperanza eran las emociones con las que vivía mi vida. Esta era nueva, pero se apoderaba con cada minuto que pasaba y sé justamente en el momento que nació. Estaba asustada, mojada con la lluvia y con frío, con mi mamá muriéndose adentro de ese edificio, con mis hermanas que no aparecieron, con mi única amiga enferma de gripe en su cama, con David enojado por la última separación que no le interesó qué pasaba con nosotras...al  darme cuenta quise que me abrazara cualquier desconocido, al punto que me senté allí y miré a un señor calvo sentado solo en la otra banca e imaginé que iba a sentarme a su lado y él me abrazaba y me permitía llorar. Lloré  sola, lloré porque no importaba, porque estaba lloviendo y era de noche y nadie me veía  ¡quién iba a verme, si yo era invisible!. Hasta que en un momento levanté la cabeza y la giré hacia la derecha y en ese giro de cabeza, en ese simple giro de cabeza, yo ya era otra. Ya no lloraba, cualquier líquido de mi cuerpo,  incluida mi sangre, se habían vuelto de duro metal. Y fui otra para siempre. Muchos años después escribí sobre ese momento diciendo "érase una vez que me abrazó la compasión del demonio"...porque así fue. Se fue mi papá, mis hermanas, la gente, Dios, mi mamá...mi mamá que con su acto me había traicionado.  Había estado dispuesta a dejarme sola con aquella tropa de gente que nos hacía la vida imposible, había pateado mis sueños de futuro metiendo la cabeza en el horno, me había borrado, a mí y a nuestra alianza, con cada puta pastilla de mierda que tragó esa mañana.  Yo estaba sola en el mundo,  no contaba con nadie y, aunque seguía amando a mi madre, entendí que ella no estaba allí para protegerme, que su existencia era efímera, confusa y vacilante y que si la  quería conmigo, todo dependería de mí.
Siendo la nueva yo, envuelta en llamas, aunque en realidad, envuelta en agua de lluvia, entré de nuevo en el Hospital. La gente me miraba. Pasó poco tiempo hasta que llamaron a un familiar de mi mamá y de un salto me presenté en la puerta ante el guardia y una enfermera. Los dos me miraron de arriba a abajo.
Mi apariencia era extraña, era un adolescente medio gótica de pelo rojo en unos años
donde todavía no era tan común...y estaba empapada...y estaba sola. Me preguntaron "¿cuántos años tienes? ¿no hay algún adulto contigo? Dije que no, que estaba yo, pero parece que "yo" no era suficiente. Antes de dejarme entrar llamaron a otro enfermero, que también se dedicó a mirarme de pies a cabeza y hablaron entre ellos en susurros. La gente de la sala de espera se interesó en la escena y me miraban. Los odié a todos. Los odié, odié a mi papá y a mis hermanas, los adultos, por dejarme a cargo de la situación y me odié, por mi aspecto, por mi edad, por ser insuficiente para los enfermeros que me miraban con lástima. Odié su lástima. Erguida y con la rabia traspasando mi mirada les pregunté qué pasaba. Un médico se había metido en la conversación y al final me dejaron pasar. Una enfermera, a la que en ese momento odiaba pero que ahora entiendo que fui muy buena y sensible conmigo, me acompañó y me explicó que iba a poder ver a mi mamá unos minutos y que tenía que hacerme unas preguntas "sólo por si acaso yo sabía las respuestas"...¡jajaaj! claro que las sabía todas: los medicamentos que mi mamá tomaba cada día y sus dosis, sus atenciones médicas y psicológicas, sus rutinas, su red de apoyo...que momento triunfal.
Entonces me invitaron a pasar a la urgencia UCI y llegué al final del la sala buscando a mi mamá hasta que la encontré. La había pasado de largo en una cama que parecía vacía.
Mi mamá se había encogido ¿qué le habían hecho? ¿le extrajeron acaso sus tripas o sus músculos o sus miembros? Me acerqué y le hablé, le dije que yo estaba ahí. Ella reaccionó y emitió un sonido gutural, un quejido. Había estado con sonda, le habían lavado el estómago y tenía la garganta seca. Se quejaba y se revolvía y pronto descubrí que estaba amarrada de pies y manos a la camilla y éso le dolía...y es que mi mamá, lejos de ser una bella durmiente desvanecida, había dado guerra a los médicos y hasta le había pegado a algunos para evitar que le salvaran la vida. ¿Han visto las muñecas escuálidas de su madre amarradas con sucios trapos a una camilla de hospital...por loca? El llanto que ahogué en mi garganta me hizo doler casi todo el cuello y la cara. Ellas estaban ahí, mirándome, las enfermeras.  A través del vidrio posaban sus ojos en mí, fijándose en el más leve signo de afectación emocional de mi parte para, lo que yo suponía, sacarme de ahí. Nuevamente,  miraban con una infinita lástima. En ese momento,  eran mis enemigas y no iba a darles en el gusto. Llorar era separarme de mi  mamá. Me mostré fría, práctica, y les pedí otra manta para mi madre. A ella le dije que iría a hacer papeleo y ya volvería.
Me explicaron cómo debía hacer los papeles en la entrada, pero mientras hacía la fila llegó mi  papá...ya era la hora de cierre del comercio así que pudo ir a buscarnos. Le expliqué lo de los papeles y lo dejé en la fila y volví con mamá.
Después poco me acuerdo. Llevamos en silla de ruedas a mi mamá a otra sala para que quedara hospitalizada, pero en psiquiatría no quedaban camas (superavit de locos y suicidas por esos tiempos), así que iba a quedar en sala de oftalmología: un lugar horrendo lleno de estatuas secas con un ojo cubierto por parches gigantes. Me opuse, le  dije a mi papá que no iba a dejarla ahí,  así que hiciera lo necesario para llevarla a  casa (¿ven como yo era otra?).
                                                  Mi mamá despertó y lamentó estar viva.
Fue el último golpe que me dió. Podía a esa hora ya entender su desesperación del momento, la visión de túnel del suicida, pero que después de todo y conmigo a su lado aún lamentara no haberse muerto? Fue la confirmación de su traición. Yo estaba sola, estaría sola  en el mundo, pero no iba a dejar que mi mamá muriera, no iba a permitir que me dañara de esa forma otra vez.
A partir de ahí, los recuerdos no valen la pena. Volvimos a casa con el compromiso de que mi mamá asistiría a su interconsulta con psiquiatra, lo cual nunca hicimos. En casa la acosté, le di comida porque tenía hambre y cuidé su sueño como siempre tras sus crisis nerviosas. MI hermana había cocinado ensalada rusa, lo cual en casa en ese tiempo sólo se hacía para las celebraciones. No lloré porque estaba exhausta. Me dormí.  Al día siguiente no fui al  colegio, cosa que pasaba seguido y me daba lo mismo. Tenía que cuidar a mamá. Poco a poco ella fue despertando como de un sueño, con apenas consciencia de lo que había pasado. En casa, ni mi papá ni mis hermanas tocaron el tema conmigo. Hasta el día de hoy, parece que soy la única que recuerda aquel día. Mi mamá sólo dice "¡uff, estaba tan mal!". Al igual que aquel día, mi recuerdo está solo, al margen de la historia de esta familia. Incluso a veces llego a preguntarme si no habrá sido un sueño muy loco, una pesadilla o una abducción de parte de unos diablillos que, definitivamente, querían tenerme de su lado.
No me importa, nunca más importó, aunque el miedo a que mamá repitiera su acto me atormentó durante toda mi adolescencia y llenó de culpas  mis intentos de rebelión ya entrando en los 20. Y a pesar de eso, ya no importa, ya es solo una historia. Y el miércoles siguiente, fuimos al cine.

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