Goodbye baby, goodbye.

 ¿Volvamos a casa?

Mis ojos se abrieron como platos mientras miraban a mi madre, sentada al otro lado de la mesa del desayuno...  ¿en serio? ¿en serio podemos volver? y en cuanto afirmé con la cabeza, corrimos a armar rápidamente nuestros bolsos, como si nos hubieran dado permiso para abrir los regalos de navidad.

Suficiente dosis de Osorno para mí. Era a finales de junio, un oscuro y congelado junio del sur. Había llegado a la ciudad en marzo, pero mi madre llevaba unos meses ya establecida junto a Roland, mi padrastro. 

Esta vez no llegué a la casa de la Rosita; no había salones misteriosos ni escaleras enceradas ni patios con montañas y duendes. Esta vez había un departamento enorme en el centro de la ciudad, moderno y luminoso, con pasillos llenos de closets y dormitorio con baño para la empleada, junto a la cocina. Había un comedor macizo con cubierta de vidrio, conserje y un dormitorio para mí cuya vista daba hacia los cerros y el cielo abierto. 


Tenía yo 13 años; una definición apropiada sería "un ratoncito que leía y miraba todo a su alrededor con ojos de susto y la boca cerrada". Por ese entonces mi mente estaba en su apogeo, era un hervidero de pensamientos y potencialidades: había empezado a leer sobre misterios, ufología e historia y me empeñaba en hacer cosas poco usuales, como escribir mi diario de vida con anagramas griegos con un alfabeto que nos habían pasado en el colegio, convertirme en fan de J.J. Benítez y cuestionar la religión y coleccionar las revistas Año Cero y Muy Interesante; también hice un mapa de la Tierra en la Edad Media a mano para pegarlo en mi pieza como poster (mientras mis compañeras tenían poster de Britney Spears y Backstreet Boy) y practicaba la regresión a vidas pasadas con el CD de Brian Weiss. Después de llegar cada día del colegio evangélico en el que me habían puesto (el único con cupo después de marzo), donde usaba una incómoda falda y las niñas me odiaban y los niños eran unos idiotas, pasaba las tardes en mi pieza, mi universo, hasta que llegaba la noche y miraba ese cielo negro inmenso, sospechando de cada lucecita colorida y movediza, emocionándome de las estrellas fugaces, sintiéndome una astrónoma cuando veía algún cometa desintegrándose en la atmósfera. Muchas veces miramos juntas con mi madre el cielo nocturno desde mi cama y nos dormimos escuchando la música new age de la radio El Conquistador.  A ratos olvidábamos que Roland dormía borracho en el living, con el programa de política que veía sagradamente y que se esforzaba por hacernos entender.

Y es que Roland estaba desbandado. Desde que nos mudamos a Osorno comenzó a ganar mucho dinero como vendedor. Estaba en el epicentro de su zona comercial...y esa

solvencia acrecentó su capacidad y su tiempo para dedicarse al alcohol. Cada semana íbamos al supermercado y el carrito se llenaba de botellas hermosas de whisky, ron y licores de especias. El alcohol lo convirtió de a poco en un déspota. Hacía sufrir a mi madre de diferentes maneras. A ese hombre gigante que llegué a admirar por su inteligencia y cultura, le tomé un profundo miedo. Por las noches lo veía dormido en el sillón, completamente borracho, y una mezcla de rabia y compasión se apoderaban de mi interior. Con todo el odio que podía caber en un corazón treceañero, tomaba una manta y lo tapaba cuidadosamente. No sé si por un contradictorio cariño o para que el frío no lo llevara a despertarse y terminara llendo a la cama con mi madre, para que no se le acercara ni la perturbara, para no tener que escuchar la desesperante antítesis del romance...

Con mamá, para no llegar al departamento y aguantándonos el frío seco de ese invierno,  dábamos largos paseos en círculos ¡es que Osorno no era en ese tiempo más que un par de calles! Tenía una linda plaza, una catedral antiquísima, dos galerías comerciales, tiendas pequeñas y cafeterías. Tenía mucha niebla, demasiado frío e higos secos con harina tostada. Tenía también otra plaza al lado B de la ciudad, el otro centro, el centro que las ciudades con complejo de colonias europeas esconden y en el que arrinconan a la gente que, a su parecer, no lucen como dignos colonos.  Esa plaza que cruzamos aquella mañana rumbo al terminal de buses, ya cerca del mediodía, con nuestros bolsos agarrados según la técnica que habíamos perfeccionado luego de tantos ires y venires. Felices, exhaltadas, locas ¡locas! como nunca me di cuenta en aquella época que éramos dos personas totalmente perdidas. A esas alturas yo ya había aprendido a salirme de cada situación molesta, incómoda o dolorosa de esa manera, escapando, armando un bolso y comprando un pasaje de bus o tomando un colectivo o montada en un taxi cargo. Del miedo y la tristeza inicial que me habían provocado otras veces las partidas, del remordimiento y la empatía por el que después llegara a casa y se descubriera abandonado, había llegado a disfrutar de una idea de libertad que consta de dejarlo todo atrás, saboreando la irresponsabilidad y la evasión. Esa mañana sólo me importaba que ya no tendría que volver a esos niños evangélicos que se reían y hablaban de mí a hurtadillas, ni volver a escuchar las peleas a gritos ni las palabras arrastradas de Roland, llenas de whisky y de violencia, ni volvería a entrar en aquella catedral en la que pedí tantas veces, apretando los puños,  el milagro de despertar un día siendo una adulta que ya no tuviera que depender de los hombres para tener un hogar.

Sentadas en el magnífico bus, la carretera delante de nosotros no existía, no nos importaba el futuro. Una y otra vez intercambiábamos la sartén por el fuego, sabiendo que la historia volvería a empezar allá o acá; todo por ese breve momento en que no teníamos casa ni jefe ni colegio ni dueños; todo por ese limbo de libertad e independencia.

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