Psiquiatría, que te jodas.

El tenedor asesino perseguía a las escurridizas uvas verdes y mojadas, tratando inútilmente de pincharlas una y otra vez, extendiendo aquel ritual más allá de lo soportable. "¿por qué cresta no las toma con la mano? por favor, agarra la maldita uva y cómetela de una vez!", pensaba mientras lo miraba desde el sillón de enfrente. Pero no podía decírselo,  claro, él era el doctor y yo la loca y sólo podía estar ahí, exhasperándome en silencio mientras respondía sus preguntas automáticamente. Era el tercer o cuarto psiquiatra que veía durante esos meses. Según decían, era el mejor de la ciudad y puede que sea cierto, pero para mí perdió todo crédito cuando, gracias a mis padres, se ganó 60 lucas durante lo que parecía ser su hora de colación.
Unos 8 meses antes, el 2011, había visto al primero de aquellos doctores. Terminé en su consulta luego de dos semanas de haber faltado a clases, haber dejado pruebas en blanco, salir de la sala y el edificio de la universidad abruptamente y haber dado vueltas en círculos por la calle durante horas, sin noción del tiempo. Hace meses que las crisis de pánico me habían desbordado y se habían convertido en un trastorno. Ya no tenía días buenos, estaba presa del círculo infernal de sufrir la crisis, descansar y recuperar los niveles en mi organismo y empezar a temer cuando y dónde vendría la próxima, hasta que unos dos días después todo explotaba de nuevo. Mis crisis eran del tipo "miedo a volverse loca": podía estar tranquila y de pronto el entorno se transformaba en un ambiente de irrealidad, el ritmo de las escenas transcurría más lento, los sonidos y colores se agudizaban y saturaban mis sentidos, mi cuerpo comenzaba a sudar frío, mi corazón latía de forma incontrolable, sentía que me ahogaba y que incluso mi piel comenzaba a doler al contacto con el aire. Me invadía el terror de que algo malo estaba a punto de ocurrir o de que yo misma estaba volviéndome irreal, que estaba desapareciendo. Generalmente, primero corría a encerrarme en el baño de la universidad para pelear contra esa especie de abducción. Pero entonces, las paredes a mi alrededor se derretían y se volvían flexibles, cayendo sobre mí. Sin que mi lógica pudiera controlar aquel torbellino, terminaba por salir a la calle y caminar frenéticamente, sin sentido del tiempo y la dirección, pero con suficiente juicio para elegir las calles más vacías porque los rostros de las personas me eran insoportables, sentía que se venían sobre mí, sentía que había en ellos demasiada información que procesar por mi cerebro colapsado. Así, caminando por tiempos y distancias incalculables, me detenía cuando la crisis había pasado y sólo tomaba conciencia de lo lejos que había llegado o de que, en realidad, sólo estuve dando vueltas en círculo. Todo recobraba su volumen, nitidez y profundidad habitual; sólo mi cuerpo guardaba los vestigios de aquella tormenta por el resto del día: el dolor muscular, la pesadez de las piernas, una intensa sensación de fatiga...y urgente necesidad de azúcar.
No estaba dispuesta  a farrearme otra carrera por culpa de mis autoboicots permanentes, y así fue como comenzó mi peregrinar por la  psiquiatría. El primero de ellos, al conocer que yo era una ingenua estudiante de psicología buscaba pillarme con sus preguntas, me trataba como una alumna y usaba palabras técnicas que yo ni había oído. Su tratamiento
no provocó ningún cambio...y cobraba una barbaridad. El segundo, del consultorio, al ver que no respondía favorablemente a sus fármacos recetados insinuó que yo tenía una cosa más seria (que estaba derechamente loca, o algo  así) y aconsejó que me llevaran a un especialista. El especialista confirmó su teoría y fui etiquetada como corresponde y me prescribió además de antidepresivos y ansiolíticos, antipsicóticos y estabilizador del ánimo. Tal como fue su predicción, sus malditas drogas legales terminaron por volverme loca de verdad. Veía cosas, escuchaba cosas, dormía dos horas al día, sufría parálisis del sueño y,  por andar como avión a chorro me pasaban un montón de accidentes. Luego de escuchar el reporte, cambió mi etiquetita por una más grande y decidió hacerme bajar de las nubes combinando mis antiguas drogas con unas nuevas, las que me convertirían en un auténtico zombie, dejándome en este estado por un par de meses. 
Una vez en su consulta, cuando debido a los nefastos efectos secundarios que me provocaban sus golosinas, me estaba cambiando por quinta vez los antipsicóticos, me puse a llorar y a increparlo con furia. El hizo como que no me escuchaba y obligó a mis padres a hacer lo mismo. Yo estaba ahí, pidiendo auxilio con desesperación y él me borró de la escena "no la toquen, no le hablen, no la miren. Está en crisis". Luego de ese día mis
padres nunca más me llevaron a ese lugar. Mis pobres padres... bajaron conmigo hacia el más profundo abismo de desesperanza y caos. Hablaban de mí en susurros y no sabían qué hacer.  Yo los escuchaba desde muy lejos, oyendo a mamá llorar porque no veían más   opción que internarme. Podía, literalmente, pasar días enteros mirando un punto en la pared, muda, víctima de la narcolepsia... Sufría de sonambulismo, por las noches me orinaba.
Por eso tiempo había comenzado un nuevo año académico y tuve que congelar los estudios luego de que un día, tratando de tomar apuntes en clase, no pude controlar los temblores en mis manos que me causaban los antipsicóticos y terminé borroneando la hoja y saliendo espantada del edificio, sintiéndome menos que basura.

El último psiquiatra era el golosito de las uvas. Sonreía y me daba tareas para pensar sobre mi vida que, finalmente, no valían de nada si al ver el resultado de la litemia éste no le parecía el adecuado y, con suma cordialidad, me ayudó a subir por la cumbre del Litio. El litio es una nube, una nube que te envuelve y te hace dormir. Construye en tu
cabeza un muro de niebla que te aparta de los monstruos y que poco a poco comienza a aislarte también de tus recuerdos, de las personas, se te olvidan los significados que alguna vez tuvieron sentido, todo es suave e indoloro mientras te conviertes en una copia de ti mismo, aunque en el fondo intuyes que una parte de ti ha sido suplantada. Construye una jaula para encerrar tu locura dentro de tu propia cabeza y, sintiendo que tu grito ha sido ahogado, tu voluntad anulada, tu cuerpo adormecido y tu ímpetu aniquilado, llegas a la conclusión de que la vida ha sido un juego perdido. 
Y así fue como una noche,  después de bastante tiempo, acepté salir de bares con viejas amigas. Mi madre estaba contenta de que me hubiera animado. No sabía que antes de salir había tomado varias dosis extras de mis medicamentos, dispuesta a que varios vasos de vodka y ron terminaran por hacerme estallar en un ramillete de fuegos artificiales. 
Estuve inconsciente en el baño de aquel bar de mala muerte, me revivieron como pudieron, asumiendo que simplemente estaba ebria, y me subieron a un taxi. En casa dormí durante 3 días seguidos, pera a esas alturas una conducta así a todos les pareció algo habitual.
La siguiente semana volví a salir, sin ninguna intención suicida, con dosis de fármaco de
niña buena ¡Qué más daba ya cualquier cosa! Y esa noche fue cuando, al entrar al bar, vi a Adolf en las primeras mesas, riendo, con una energía y alegría que me pareció una  locura y, extrañamente, me pareció haberme sentido igual hace mucho, muchísimo tiempo, en otra vida quizás ¿cómo alguien podía sonreir de esa manera en esta oscuridad? Atrapada por la luz de ese extraño personaje contento y despreocupado, alargué mi mano por entre las llamas de mi infierno personal, le di unos golpecitos en la espalda y él se volvió a verme con una inmensa sonrisa, le dije "¿te acuerdas de mí?" y él respondió con un abrazo que fue como una bocanada de aire refrescándome el rostro y apagando el incendio.
En ese instante no sabía que la pesadilla había terminado.

Un par de meses después, justo después de un nuevo control de  litemia que no había convencido al doc de las uvas, declaré que no volvería a tomar ninguna pastilla más. Y así lo hice. Chao con el abandono paulatino y gradual, chao con el criterio médico y la prudencia. Me estaba matando. No quería morir.
No mentiré, estuve bien un tiempo y luego las crisis de pánico resurgieron. Esta vez, sin embargo, decidí iniciar una psicoterapia seriamente y calmar la ansiedad con terapia alternativa. No fue fácil, tuve que reentrenar mi cerebro conscientemente. No dejó de doler ni de angustiar ni de asustarme.  Pero ¿al final qué? al final lo logré. Y no terminó cuando terminó la  psicoterapia de 8 meses ni cuando dejé de tomar las flores de bach; terminó cuando pude reeducar todos mis patrones mentales, controlar los pensamientos y regular conscientemente la activación. Comprender mi miedo profundo, enfrentarme a mis sombras, buzear en mis sueños y mis pesadillas, ROMPER EL MOLDE. 
A veces me pregunto quién sería yo ahora si no hubiera aparecido una persona que me invitara a cuestionar el concepto de cordura y locura. Quién sería si mis padres no me hubieran sostenido en cada porrazo ni hubieran discrepado con las insensibles instrucciones médicas. Quién sería yo si aquel día no hubiera botado todas esas malditas pastillas por el baño. Quién sería yo si hubiera seguido confiando mi vida a la mentira de la farmacéutica y la mal ejercida  psiquiatría.  ¿Quién sería yo, hoy? o ¿sería yo? o ¿sería?...

Y termino con una solemne dedicatoria, esto es para vos, psiquiatría e industria farmacéutica del orto. Es mi propia maldita experiencia. Chao.


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