Separates ways. Parte 1


Entonces Adolf se fue...pero sin irse. Me dijo que ahora estaba con otra, que ya la había besado y que me dejaba. Aunque suene extraño, mi mente estaba esperando ese momento y logré actuar como un pedazo de metal...hasta que Adolf extendió su blanca y huesuda mano para tocarme, en un incomprensible gesto de consuelo; su tacto por sobre mi abrigo se sintió como una brasa que me abrió una herida y, de dolor real y tangible, exploté en llanto. Adolf se iba, pero por esos minutos, se quedaba. 
Agradecí que la noche estuviera tan negra, agradecí que todavía fuera invierno y el frío

de la tarde me refrescara el rostro enrojecido. Agradecí que todo por fin estuviera dicho y que al fin la noche me deparara descanso en el abandono de todas mis expectativas. Se acababan los largos días de vagabundear por todas las calles donde él solía aparecer, buscándolo.  Se acababan mis tardes de psicópata esperándolo fuera de su casa, bajo la lluvia, empapándome a la vista de los vecinos, tragándome la verguenza de mi evidente locura. Se acababan las llamadas telefónicas y los mensajes de texto, el miedo a su muerte. La cuerda de la cual nos sujetabábamos estaba quemándome las manos y Adolf por fin la había soltado. La caída estaba siendo dulce, llena de viento y silencio. 
Adolf dijo que se iría pero no se fué, y caminó conmigo por la ciudad, hasta la otra plaza, y nos sentamos frente  a la Catedral. El no sabía que la visión de aquella torre me recordaba la primera vez que habíamos hecho el amor, porque hace varios años  estuvimos sentados en esa misma banca de la plaza, pero que en ese tiempo estaba llena de luces por navidad; mirábamos la Iglesia adornada y hacíamos gala de nuestro natural sarcasmo hacia los ingenuos cristianos, recordando cuántos dioses más habían nacido aquella noche en la que me había escapado de la casa y había terminado a su lado.
Pero cuando mi mente volvió al negro presente, en un mágico minuto, la plaza, la ciudad entera y Adolf se esfumaron a mi alrededor. Se acallaron todos los ruidos, se apagaron las luces, se perdieron las voces y los significados de las palabras. Adolf dijo que se iría...y se fué. Pero no sé si su cuerpo seguía allí a mi lado por temor a que me volviera loca otra vez, en el mismo nivel que estaba cuando me encontró y me recogió de la calle como si fuera un gatito desnutrido. O quizás se quedó porque no tenía la suficiente fuerza para marcharse; la había perdido durante todo ese fatídico invierno en el que nos derrumbamos lentamente y, como muertos vivientes, nos arrastrábamos sin fuerzas hacia la primavera. 
Aquella noche me acosté en mi cama, exhausta, y dormí. Hace rato me había reconciliado con el clonazepam y disfrutaba la dulce nada que me llevaba. Podrá sonar muy extraño, pero mi último pensamiento de aquel día fue un profundo agradecimiento porque Adolf estaba en ese momento llegando a una casa donde lo esperaban con anhelo y dormiría en una cama tibia con una mujer ansiosa de aliviar su maltratado corazón.
Yo comenzaba mi viaje al Templo de Uyulala* lista para atravesar las puertas que me enfrentarían a mis enigmáticas sombras.
*referencia al libro "La historia interminable" de Michael Ende.

                                           

Comentarios

Entradas populares de este blog

Goodbye baby, goodbye.

Not today.

Top secret