Not today.
Esta vez es una de aquellas veces en las que la muerte se presentó ante mí tan de cerca que hasta sentí que toqué sus frías manos de reina congelada y todo mi cuerpo se inundó de aroma a hielo.
Aquel hombre, muerto frente a mí, era un completo desconocido, lo vi por primera y última vez sobre la mesa de la morgue y, a pesar de que su partida no causaba en mí ninguna conmoción, me hizo llorar de angustia y temor.
El mismo día en que la sombra de la muerte había vuelto a cruzarse entre Adolf y yo en una discusión tormentosa en la que yo le exigía ver la luz, mientras a él lo abrazaban sólo oscuridades, estaba yo unas horas después vistiendo un cadáver.
Pero empezaré por el principio. En la universidad tuve una amiga por casi 3 años, o algo así. Nos unimos tanto que pasamos a llamarnos "manas", es decir, "hermana". Nos separamos, por supuesto, como suele pasarme con todas mis amigas...con todas las personas. En esta historia da lo mismo lo que nos unió y nos desunió, sólo importa que aquella noche, a eso de las 2 de la mañana, me llamó por teléfono para contarme que su padre había finalmente fallecido. El pobre hombre, de avanzada edad, había estado agonizando hace bastante tiempo por culpa del cáncer y todos esperábamos este desenlace. Y para que entiendan lo unidas que éramos, todos en mi familia entendieron que mi deber era ir a estar con ella en ese momento y mi papá se ofreció llevarme hasta el Hospital Regional.
Las acompañé a ella y a su madre. Anduvimos en muchas partes haciendo muchos trámites. Incluso fuimos a una funeraria realizar la compra de la urna, ellas eligieron la madera, el auto y el libro de condolencias, para después pactar el pago en cómodas cuotas...Y seguimos con el papeleo en el Hospital, mucho papeleo. Yo pensaba ¿de verdad, así era morir? ¿esto es lo que les queda a los vivos?
Por último, llegamos a la última etapa: vestir al caballero. Llegamos al sector de la morgue y, respetuosamente, me quedé afuera para que mi amiga y su madre vivieran aquel momento en intimidad, pero ella insistió en que yo también pasara pasar. Por alguna extraña razón ella quería que las acompañara, sin importarle que una completa desconocida participara en el último encuentro con la huella física de su padre.
Me sentí profundamente incómoda, no por ver un cadáver, sino porque me sentía violando un espacio familiar sagrado y, quizás, la privacidad de aquel hombre, de su cuerpo o de lo que sea que aún estuviera en aquella sala.
Al entrar, tuve tiempo de fijarme en el lugar: una sala muy chica, blanca y fría, una camilla, un lavamanos y una pared con aquellos lockers de aluminio donde esperaban otros cuerpos desconocidos. También habían dos enfermeros...vivos.
El papá de mi amiga estaba sobre la camilla, con sus ojos cerrados y una expresión severa. Era muy delgado y muy alto. Entre las tres procedimos a vestirlo. Sus manos estaban realmente frías y cuando intentamos levantarlo para bajarle la camiseta, el rigor mortis ya se había hecho presente y aquel intento se convirtió en un escandaloso choque de la camilla con la mesa de implementos de los médicos. Me asombré del peso y la rigidez que alcanzaba un cuerpo de no más de 55 kg, desnutrido y vacío ¡Nada habría podido mover aquel cuerpo!. En ese momento, los enfermeros que vivirían aquello cada día y ya eran expertos en realizar conductas muy atinadas, se acercaron y magistralmente terminaron de vestirlo en un dos por tres, tapando aquel bochornoso momento y haciendo como si nada hubiera pasado, ayudando a no opacar la importancia de aquel último ritual.
Pero a pesar de que todo parecía sumamente normal y sólo la madre de mi amiga hacía comentarios y sollozaba, mi propia cabeza ya hervía y mis lágrimas habían comenzado a brotar en silencio. Esto es porque quella experiencia llegó justo en uno de los peores momentos de mi vida a desafiarme y enrostrarme el lado más amargo de mis posibilidades.
Era invierno del 2014. Todos los inviernos, desde el 2013 al 2016, fueron una pesadilla. De hecho, la llegada del invierno es algo que aún me aterra y me desmorona.
La depresión de Adolf siempre empeoraba en esa época. La oscuridad llegaba demasiado temprano, la lluvia grisácea cubría los días. Un escenario inhóspito para cualquier esperanza.
Muchos días y noches me las pasaba siguiéndolo por las calles, faltando a la universidad. Nunca hice caso cuando me daba la espalda, me cerraba la puerta de un portazo o simplemente, con expresión furiosa, me ordenaba que desapareciera.
Siempre creí que un monstruo se apoderaba de sus pensamientos y sus palabras y nunca quise dejarlo solo, a merced de aquella maldad. Lo volvía a la vida por cansacio, por hostigosa, por cargante. Sentía su rabia hacia mí por no rendirme a dejarlo hundirse cuando él sólo quería soltar el peso y dejarse caer, exhausto.
Tengo en mi memoria muchas calles, muchos faroles, sus pasos largos alejándose a metros de mí, su espalda ancha y su cabeza encorvada. A veces ni siquiera estaba su figura, sino que por delante de mí sólo se erguía la oscuridad de las calles interminables por dónde me perdía de vista, las esquinas donde se detenía para mirarme con desdén y repetirme que ya no me quería, que le estorbaba...y aunque esas palabras lograban detener mi persecución, nunca le creí.
El tema recurrente entre nosotros siempre era la muerte. Siempre ella aparecía en las palabras de Adolf con forma de amenaza o de súplica, como una solución final. Podía ver el anhelo en sus ojos cuando me contaba lo mucho que deseaba apagarse de una vez. Yo temblaba y a la vez me enfurecía. El la mencionaba con más amor del que pudiera profesarme a mí. Era una rival eterna en el corazón de él. Por ésos días, ambas peleábamos por su alma.
En la misma plaza del hospital donde velé el intento suicida de mi madre, Adolf volvía a amenazarme con la pérdida de lo que más amaba y me dejaba allí, otra vez sola, angustiada,sin sentir el cansancio de las piernas o el frío o la ropa mojada. Desde mi casa, lo llamaba cada noche para ver si se había acostado y cada mañana suspiraba de alivio cuando él me daba los buenos días...mi mente sólo pensaba en que aquella noche no habia tomado la decisión de irse de este mundo...y el mundo siempre podía seguir funcionando mientras él siguiera existiendo.
La contextura de aquel hombre era similar a la de Adolf y, por unos momentos, el rostro del anciano se cambió por el rostro de mi amado. Aún cuando lo recuerdo, tantos años después, siento un nudo en la garganta. Me imaginé subiendo por su brazo una manga de su polerón y llegué a sentir su familiar textura, tibieza y aroma. En esos tiempos, yo estaba siempre a unos peligrosos pasos de que aquella fuera mi realidad y durante todo el ritual mi cabeza me traicionó, mi vista y mis sensaciones táctiles...durante todo el tiempo estuve vistiendo a mi amado Adolf. Su cuerpo delgado y pálido, joven y triste, inerte...Llorar era bastante inadecuado, pero mi amiga siempre pensó que la sensibilidad que mostré hacia ellos fue enternecedora. La verdad es que esa noche estuve viviendo mi propio funeral.
Cuando por fin terminó aquel traumático acto, tomé consciencia de la experiencia que había tenido. Una visión hacia lo que podía ser nuestro final si en algun momento yo me rendía. Luego de eso llamé a Adolf y respiré hondo al escucharlo. No era él quien se había ido, seguía a mi lado, muy a su pesar quizás, pero gracias a eso, yo podía continuar respirando.
La muerte me había engañado. Aquella noche ella, tomando mi mano, me guió hasta su cenit y me mostró toda su elegancia y su morbosidad. Acepté su existencia y su desafío continuo en mi propia vida. Pero le dije que, a pesar de esta consciencia que adquiría, seguiría oponiéndome con uñas y dientes a entregarle a quienes amaba. Y año tras año, continué zambulléndome con Adolf hasta el fondo de su mar de sombras y, con fuerza desgarradora, lo arrastraba hacia la superficie para que sus pulmones se llenaran de oxígeno, hasta que nuevamente la oscuridad lo arrancaba de mi lado y cuando eso pasaba, el recuerdo de aquella visión en la morgue me doblaba las rodillas.
Desde entonces, sabe la muerte que siempre estaré ahí, sin miedo a plantarle cara. Se lo dije susurrando en sus oídos de niebla, en los pasillos fríos del subterráneo del Hospital de esta ciudad, cuando nos encontramos, de imprevisto para mí, de panificada espera para ella.
Adolf me prometió que no moriría antes que yo y así será, la Muerte respeta los juramentos de sus fieles. Ella se ha ido muy lejos de nosotros, aburrida de mi tosudez maldita.
Un día volverá, un día no lucharé y dejaré que me arrulle en sus brazos. Pero no hoy. O como dice Arya Stark, NOT TODAY.





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