¡Salud por el divorcio!


 "¡Brindemos por el divorcio!" exclamó mi padre rompiendo el incómodo silencio, mientras se dirigía al mueble negro y sacaba las copas de champaña alemanas que les había regalado la amiga Katja. Mi hermana Martina se levantó del sillón y se fue corriendo a su dormitorio, en un gesto desenfadado que mezclaba lágrimas y rabia. No recuerdo si mi hermana Sara estaba ahí o había salido. El asunto es que sólo quedaron en la sala mis padres y yo. Mi mamá estaba ahí ¿dónde más podría estar yo? aunque sabía que aquella no era una buena situación, siempre fui de las que se quedaba al pie del cañón. 
Mi madre le recibió la copa, desafiante. Yo observé hipnotizada cómo caía la champaña sobre esa copa alargada que parecía eterna. Bebieron. Sólo había silencio y gritos lejanos de la gente que celebraba el año nuevo ¡el año 2000!, el cambio de milenio era un acontecimiento que había vuelto loco al mundo y yo lo celebraba junto a mis padres mientras el techo se caía a pedacitos, mientras me hermana lloraba en su pieza y mi papá lentamente se iba emborrachando hasta que comenzó a hablar fuertemente sobre cómo un matrimonio podía irse a la mierda y reía y brindaba y escupía fuego envuelto en palabras incoherentes para mí. Mi madre, serena pero alerta, silenciosa y calmada como nunca. A pesar de que los escuchaba con atención, congelada y, quizás, invisible, no entendía ni media palabra y la escena poco a poco comienza a irse a plano negro en mi memoria hasta apagarse rotundamente.

Abro los ojos y me encuentro jugando en el suelo con mis muñecas  ¡sí, a los 11 años jugaba aún con muñecas! aunque no sé si disfrutaba más armar truculentas historias con aquellos personajes de goma o revivir cada día ese momento mágico en que el sol de las mañanas de verano entraba a raudales por los ventanales y yo me preparaba para vivir un largo día de ensueños, sin colegio ni tareas, sólo con el patio y el pino que era  mi castillo, mis libros, mi televisor y mi madre. Días de andar descalza, de meterme a la piscina y comer sandía con harina tostada. De jugar a ser arqueóloga o actriz, de leer los diálogos de los libros junto a Martina simulando que éramos actrices de las películas o sacar los pañuelos de seda y raso de mi mamá y hacer coreografías con la música de la violinista Vanessa Mae, por las noches. 


Pero ése día me había levantado sin saber que sería el último en que tales panoramas me esperaban por delante. De pronto apareció mi madre en el umbral de nuestra mi pieza y me nombró bajito. Al verla me di cuenta que sonreía de una manera extraña, esa sonrisa con tristeza y nudo en la garganta. Me dijo "nos vamos, hija" y yo le pregunté ¿dónde vamos, al centro? y respondió "no, más lejos. Vamos a conocer la Casa de Osorno"...¡y yo me alegré! conocer la casa nueva, por supuesto que me alegré como si fuéramos a vivir una aventura inmensa. Yo ya sabía que existía una casa en una ciudad lejos, un caballero con el que mi mamá me hacía hablar por teléfono y que nos llevaría a un lugar bonito.

Me fui a lavar el pelo, mi mamá hizo que me pusiera el vestido más bonito que tenía, uno azul con girasoles en la falda. Martina ayudó en todo a mi mamá mientras yo sólo me preocupaba de las cosas que no quería dejar, como mi diario de vida, algunos libros...las muñecas quedaron en casa, en su ventana llena de luz, siendo los personajes de alguna historia eternamente inconclusa.

Pedimos un taxi ¡Seguro era un viaje importante! y subieron algunos bolsos en el maletero. Me di la vuelta a mirar a Martina que desde el portón nos hacía señas de despedida sonriendo. Algo extraño sentí en el pecho...

Nos bajamos en un estacionamiento donde nos esperaba Roland. El caballero del teléfono al fin tenía rostro, un rostro moreno, con lentes y pulcra camisa. A mí me bajó toda la timidez y en un hilo de voz le dije "hola", mientras desviaba la vista y movía la boca en un tic nervioso muy común en mí por esos años. De pronto sacó de su auto azul un oso ¡un enorme oso amarillo! peludo y esponjoso. Lo recibí y se llamó Nicolás, y con Nicolás me senté en la parte trasera del auto que comenzó a avanzar, a salir de la ciudad, a introducirse en la carretera que cada vez se volvía verde y más verde y más desconocido. Sería un viaje largo. Volver sería demoroso ¿mamá, no nos vamos a demorar mucho?" decía la pregunta que se me quedaba pegada en la lengua. Pero es que nos estábamos alejando demasiado de casa... En la radio sonaban canciones románticas de Jose Jose y Juan Gabriel que Roland cantaba a todo pulmón ¡ése era un hombre feliz! mi madre, algo nerviosa, le sonreía y luego me miraba a ver si yo también sonreía o si lloraba y entre las dos opciones ¡yo le sonreía! mientras apretaba fuertemente a Nicolás que, gracias al cielo, no tenía vísceras a las que pudiera romper con la fuerza que estrujaba al pobre oso, con tal de que ninguna infantil pataleta perturbara a mi frágil madre.     

De pronto di vuelta la vista hacia ese paisaje extraño tras la ventana, mientras el auto avanzaba veloz lejos cada vez más lejos de mi casa, de mi hermana Marina, del pino del patio y de los ventanales soleados, sin tener yo el control sobre nada de aquel momento....Y de pronto pensé en mi padre. Nunca había pensado en él pero ahora se me ocurría lo triste que se pondría al no verme en casa al volver del trabajo. Me sentí culpable y mala, muy mala. Y entendí, por fin, el secreto que encerraba el inusual brindis en finas copas alemanas de aquella noche en que inició el milenio. Así aprendí, con algo de retraso, la confusa y tragicómica herramienta de la ironía y cómo puede apuñalar corazones desprevenidos.

Los ojos se me aguaron y, a pesar de que intenté detenerla, vi reflejada en el vidrio una solitaria lágrima corriendo por mi mejilla gordita que, afortunadamente, nadie tomó en cuenta. Porque fui consciente de que ese 7 de enero del año 2000, tomé el auto que me llevó lejos, para siempre lejos, de mi infancia.



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