Luz, cámara y dolor.
Cuando eligieron mi guión como la primera opción para ser llevado a un cortometraje,
puede que haya sido uno de los momentos más gloriosos que he vivido. Estaba allí para eso. Sabía que si me daban la oportunidad podía llegar a triunfar y destacarme como la artista que, estaba segura, siempre había sido. Sólo necesitaba que mi padre se gastara una millonada y que los profesores santiaguinos, cineastas, fotógrafos y guionistas de la tele, se dieran un tiempo para revisar mis trabajos...así se haría la magia! Así se hizo el primer año, cuando todos mis guiones fueron escogidos y mis cuentos fueron reconocidos y mis obras de teatro fueron aplaudidas...
Y ahora contaré cómo me encargué de arruinar cada buena señal que los meses me fueron regalando y cómo logré tapar con barro cada pequeño éxito de estudiante de comunicación.
Por supuesto, no estuve sola en esta gran hecatombe de lo que fueron los años 2008 y 2009. Mis agradecimientos especiales a la depresión que arrastraba desde el año anterior, a la anorexia y a la bulimia, al alcohol barato de los bares de caupolicán, a la entrañable cajetilla de belmont de 10, a los amigos entre comillas, a las navajas de las prestobarbas que me permitieron expulsar a través de mis cortes los humores malignos que se apoderaron de mi espíritu y que, aún así, no fueron suficientes para liberar toda la oscuridad que era capaz de guardar mi cuerpo escuálido y maltratado.
Todo había empezado el 2007. El año del vacío. Sin rumbo y sin estudio, con la casa y su historia calléndose cada tarde sobre mi cabeza. Al momento de parar y decidir mi destino, me encontré como náufraga de todos los años anteriores, a merced de mis traumas y sin identidad. Así fue como adherí a una lenta vorágine de autodestrucción. Primero descubrí que el alcohol y la vagancia no mataban, entonces quizás lo haría la inanición y dejé de comer, y entonces me dio hambre y comí y vomité, y entonces la vida y el cuerpo empezaron a doler y fue mejor el dolor de los cortes que el dolor del espíritu. Estuve bajo tierra. Pero cuando el año siguiente me recibió en sus pasillos aquella hermosa y brillante universidad con sus brillantes y alocados alumnos, con sus guapos profesores con boinas y abrigos oscuros, con sus salas llenas de cámaras y computadores de edición, creí que mi carrera a través del infierno había acabo y había llegado finalmente al cielo, por lo que me dispuse a curar mis heridas con el arte que allí se respiraba ¡Pero no sabía la tonta niña que al zapato un diablillo se le había pegado!
A mi nueva vida traje todas mis armas de autodestrucción ¡Resulta que no era cosa de dar vuelta la página! ¡resulta que los sueños de una niñita narcisista no bastaban! ¡ni bastó que papá vendiera su alma al banco para pagar la universidad más cara de la ciudad, ni bastó el lisoform que hacía brillar perpetuamente la cerámica que pisaban mis zapatillas embarradas, ni bastó que el alcalde inaugurara el año académico y nos prometiera la gloria!...ni bastó que mi cerebro, en medio de su caída, tuviera hermosas ideas ni bastó ...no bastó.
Antes de entrar a la sala de clases por la mañana, pasaba por el baño y me metía los dedos en la garganta, hubiera comido o no. Me volví cada día más silenciosa y tímida. N el 2009 ya era casi incapaz de proponer una sola idea porque el solo hecho de hablar y acaparar la atención me aterraba. Tenía miedo de mis compañeros, de los profesores, de las cámaras y los micrófonos, de las evaluaciones, de las grabaciones, de las hojas en blanco. Y nadie, nadie lo sabía. Para el segundo año ya era una total incompetente y poco podía aportar a cualquier grupo que me integrara en sus proyectos. La verguenza y la frustración, sin querer, llevaron mis pies camino a otras calles, a esas calles líquidas y a la humareda del bar. Todos los lugares que hicieran ver mi cuerpo difuminado y ensombrecido se convirtieron en los mejores lugares de la tierra. Los lugares oscuros que no dejaran mi rostro totalmente expuesto, las personas embriagadas que no me recordaran al día siguiente. Me dejaba llevar por una suave corriente de muerte.
Había decidido que la anorexia sería la dama blanca y huesuda que me cobijaría en sus brazos para hacerme dormir. No me interesaba ser bonita, sólo quería hacerme tan delgada hasta el punto de desaparecer, hasta el punto de hacerme invisible o tan liviana como para que un viento me levantara al cielo y nunca me dejara caer. Qué cosas puede inventar un cerebro cansado...
Por algunas semanas tomé la micro hacia la universidad y me bajaba en cualquier lugar, antes o después. Deambulaba por todos lados, por los casinos, por el centro, por las plazas, por los cementerios. Escuchaba música, fumaba, escribía. Cuando llegaban las 4 o 5 de la tarde llamaba a algunas de las chiquillas y enfilábamos juntas hacia algún barucho o hacia algún "pasto" y me daba algunos tragos de vida a través de los ojos, me inventaba algunas risas y devoraba alguna emoción pasajera.
Cuando ya no pude con mi conciencia, le dije a mi mamá, luego afronté la ira muda de mi padre. El famoso sueño que venía pregonando desde la enseñanza media probaba ser apenas un capricho adolescente, imposible de sobrevivir a la realidad oscura de una patología mental.
Y en unos días ya no hubo universidad brillante, ni profesores santiaguinos ni cámaras ni computadores, ni compañeros rubiecitos enmarihuanados ni guiones ganadores.
Me quedaron libres algunos años para seguir cayendo por el agujero del conejo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, pero la película de mi vida estaba recién empezando. Este es sólo un breve paréntesis con demasiados pesos involucrados y, sinceramente, muy pocos recuerdos nítidos en una cabeza atiborrada de inconciencia.





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