Top secret
Mamá dice que papá la mató.
Dicen que mi abuela enferma estaba vomitando sangre en el lavaplatos de la cocina y que mi papá, al verla, se espantó y le dijo "¡cómo se le ocurre hacer eso aquí! ¡eso se hace en el baño!". Mi abuela enferma entonces se salió y, tambaleante, hizo caso sumiso. Y aunque dejó de manchar el lavaplatos, su sangre nunca llegó a tocar el lavabos, sino que se derramó, junto con su vida, en el pasillo, a unos pasos del baño. Cayó y no pudo levantarse. Era su segunda caída luego de haberlo hecho en la calle unas semanas atrás, donde se había golpeado la cabeza y desde ese momento, yacía en cama, enferma.
Cuando ocurrió, yo tenía 8 años y dormía, así que no supe si esa noche vino la ambulancia o mi papá la llevó al Hospital, pero fue en ese lugar donde, unas horas más tarde, falleció.
No recuerdo la última vez que la vi, ni la última palabra que le dije o la última mirada nostálgica que me dirigió. Mi mamá me cuenta que al despedirse de ella en el Hospital, lo último que mi abuela dijo fue "cuida a la Catita", lo cual me hace sentir un poco culpable porque, en general, tengo muy pocos recuerdos de mi vida antes de los 10 años, pero en algunas imágenes ella está.
Por ejemplo, está atando una lanita al móvil sobre mi cama para que pudiera moverlo con mi dedo; está sujetando una vela sobre la mesa de la cocina la noche en que se cortó la luz y yo logré leer por primera vez; están sus pies a la altura de mis ojos cuando se quedó mirándome jugar con mis soldaditos en el suelo de la cocina; está su blusa roja de raso con ese anticuado y elegante estampado barroco y también está ahí, cuando la descubrí mirándome seria desde la ventana mientras yo jugaba en el patio, actuando historias bajo el pino, y le tuve miedo. Ahora sé que su seriedad no era sino tristeza, profunda y anónima tristeza.
Fue una mujer poco común para su tiempo. De familia campesina, fue enviada a trabajar a los 14 años como empleada a la casa de gente rica de la ciudad, quienes la educaron y la protegieron. Se propuso ser sastre y fue, por un tiempo, la única mujer en la escuela de sastrería que había en la ciudad...hasta que una vez su novio, mi abuelo, fue a sacarla de los pelos hasta la calle y le prohibió volver. Fue la que se casó con su militar adorado y la que lo abandonó para salvar la vida de mi madre; pero también fue la que le cobró a mi madre ese sacrificio durante toda su vida, volviéndola una mujer temerosa, dependiente y reprimida.
Mi abuela sufrió por pobreza, sufrió por amor, sufrió por mi mamá, sufrió y sufrió...pero ¿saben qué? a mí me sonreía. Y sé también que, a veces, yo la abrazaba y sentía en su pelo el aroma de los químicos de la permanente que se hacía cada mes sobre su pelo cano y que aún guardo en mi nariz. Era vanidosa, bonita y pequeña. Me dejaba jugar con su colección de botones que, para mí, eran el mayor tesoro que había en la casa cuando brillaban en la oscuridad de su cama, donde los esparcía y los hacía sonar como moneditas de oro. Ella me consolaba en las tardes de invierno, junto a la ventana, cuando esperábamos que mi mamá llegara del trabajo y cantábamos juntas "¡que venga, que venga, que nada la detenga!"...hasta que escuchaba sus tacones acercándose sobre el pavimento y juraba que nuestro mantra había provocado esa magia.
Y un día, sobre el mismo pavimento que resonaban los tacones de mi madre, mi abuela se cayó y se golpeó la cabeza y no le dijo a nadie, hasta que a mi mamá se lo contó una vecina. Estuvo en cama, tosió y deliró y pareció mejorar, pero una noche escupió sangre y, camino al baño, volvió a caer...y luego se fue. Todo ocurrió en silencio...un silencio que sólo se quebró días después, con el lamento que gritó mi madre cuando lanzaron la primera palada de tierra sobre su ataúd. Yo, estupefacta, asustada, no sabía que esa mujer pequeña, casi secundaria en mi vida, era el pilar de mi existencia, porque sostenía la cordura de mi madre. Mi abuela no se reencontró con el amor de su vida, no llegó a ser sastre, no cumplió su deseo de vivir tranquila e independiente, de seguir yendo al cine con mi mamá, como tanto le gustaba. Los años y la vida gris de esta casa en esos años la fue hundiendo en el sinsentido y la amargura...pero ¿sabes qué? a mí, a veces, casi siempre, me sonreía.
Mi madre, cuando le invade el rabioso pasado, dice que mi papá la mató. Quizás sí, quizás no.



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