La Casa de Osorno
Sólo sé que era un soleado día de enero, pasado el mediodía. Bajé del auto con un vestido azul con flores hasta la rodilla y un oso amarillo gigante que David me había regalado justo antes de partir. Yo era una niña de 11 años de la década de los 90, es decir, una guagua.
La casa era enorme y toda de madera. Estaba en un barrio de colonos en Osorno, en
un corto pasaje que daba al río. Estaba rodeada de árboles y aún quedaba un tono celeste en la madera desgastada (y no sé si ésto es real o es sólo mi mente rellenando espacios). Estaba vieja pero para mí era un castillo en el que, me dijeron, íbamos a estar por mucho, mucho tiempo. Esa niña gordita, con vestido de flores y oso amarillo,se sintió indigna de pisar aquel castillo de cuentos, pero allá yo, entramos.
un corto pasaje que daba al río. Estaba rodeada de árboles y aún quedaba un tono celeste en la madera desgastada (y no sé si ésto es real o es sólo mi mente rellenando espacios). Estaba vieja pero para mí era un castillo en el que, me dijeron, íbamos a estar por mucho, mucho tiempo. Esa niña gordita, con vestido de flores y oso amarillo,se sintió indigna de pisar aquel castillo de cuentos, pero allá yo, entramos.
Por dentro era todavía más impresionante. Tenía doble puerta al entrar, con vidrio, y la primera vista era una gran y maciza escalera, perfectamente enserada en un tono oscuro, casi negro. A la izquierda, una habitación prohibida en la que me demoré mucho en entrar (que al final era algo de cocina o limpieza) y a la derecha, laspuertas francesas, siempre abiertas, hacia el salón. El salón estaba siempre oscuro y era incluso mal visto que yo estuviera intruseando por ahí. En la penumbra, descubría figuritas antiguas y extrañas, un armario lleno de copas (supongo que de cristal porque me permanecía sellado), sitiales y otras cosas que nunca llegué a descubrir. Al pasar por ahí todos los días hacia el sector del comedor mis ojos mis ojos se encendía, mi pupila se dilataba como la de un gato, pero fueron un par de veces las que atreví a pasar más de unos minutos en ése salón,que ahora comprendo, era la joya de la dueña de casa, el vestigio que guardaba toda la opulencia de antiguos años coloniales, ahí vivían la memoria de la familia de Rosita, la dueña de esta casa que ahora era sólo un Hostal pintoresco y desconocido, por donde pasaban casi solamente Vendedores Viajeros, esa clase de hombres que siempre usaban terno, tomaban whisky al almuerzo, fumaban sin parar sus malrboro y hablaban de política, elogiaban el socialismo, se enojaban y se reían, siempre en un alto volumen de voz. Esos hombres me intimidaban; David era uno de ellos y por éso estábamos ahí.
Esa casa fue el caldero que encendió para siempre mi imaginación. Ya sea por la incomodidad que sentía por la presencia incesante de desconocidos o por la toma de conciencia que poco a poco iba adquiriendo sobre la situación real de mi familia y la mía propia, lo único que quería hacer en el día era inventarme alguna historia y representarla a través de las esquinas de la casa, sola y silenciosamente, que todo el que pasaba veía simplemente a una niñita deambulando y preguntaba con ternura ¿qué andas haciendo? pero yo sólo les sonreía amablemente, sin decir nada, esperando que se alejaran...y nunca supieron las aventuras increíbles que vivía en mi dimensión paralela. Casi siempre era un héroe fantástico o un investigador o una prisionera en aquel castillo. Cuando representar historias me fue aburriendo, empecé a pensar en la gente que habría pasado por esa casa realmente. Poco a poco fui interesándome en el mundo sobrenatural y empecé a tener miedo de ciertos lugares, como el baño (que aunque no sepa describir porque entraba y salía corriendo, era una joya de antiguedad) y el segundo piso en general. Imaginaba que un día me cruzaría con un muerto (¿o lo hice?).
Pero lo sobrenatural tenía también su lado bonito en el patio de la casa. Dicen que la
percepción de las dimensiones de las cosas cambian cuando uno crece, pero en ese entonces, ese patio para mí era un parque entero, lleno de árboles, frutos, flores, de un verde que hasta en el recuerdo me hace picar los ojos. Tenía espacio hasta para un pequeña montaña (o era apenas un desnivel en el suelo?). En ese lugar peleaba mis batallas, huía a toda velocidad de los malos y peleaba a espada, siempre cuidando que nadie me viera ¡qué verguenza! aunque más de una vez me dejé llevar por la pasión del momento y, consciente de las miradas de Rosita y su empleada desde la cocina, seguía luchando por mi vida. Y con timidez, avergonzada de mí misma casi, empecé a llamar hadas y a buscar duendes. Si ahora lo pienso, algún psiquiatra de ese tiempo podría haber dicho que el estrés de mi situación y la separación de mis padres me habían provocado un brote psicótico...quizás opinaría lo mismo. Desde ese momento le permití a mi mente escaparse tan lejos como quisiera, le permití el sinsentido, la irrealidad, lo paranormal y lo poético. Pero yo no estaba ausente, estaba demasiado conectada a la realidad, de hecho. También esa casa tenía rincones en los que era usual ver llorar a mamá, como la sala del teléfono en la que llamamos a mi hermana Karina por su cumpleaños, y nuestra habitación. Nuestra habitación a veces nos ahogaba. Mamá siempre tuvo los ojos demasiado hinchados. Salíamos a caminar por Osorno, yo pedía siempre comida (sufría de ansiedad, ahora lo sé) y no teníamos plata. David se iba por días a sus viajes de negocios y cuando volvía, mamá se ponía más nerviosa. El la abrazaba y ella me miraba, sabía que yo no estaba acostumbrada a ver demostraciones de afecto entre las personas, sabía que yo no entendía nada, sabía que mi vida había cambiado para siempre.
Pero lo sobrenatural tenía también su lado bonito en el patio de la casa. Dicen que la
percepción de las dimensiones de las cosas cambian cuando uno crece, pero en ese entonces, ese patio para mí era un parque entero, lleno de árboles, frutos, flores, de un verde que hasta en el recuerdo me hace picar los ojos. Tenía espacio hasta para un pequeña montaña (o era apenas un desnivel en el suelo?). En ese lugar peleaba mis batallas, huía a toda velocidad de los malos y peleaba a espada, siempre cuidando que nadie me viera ¡qué verguenza! aunque más de una vez me dejé llevar por la pasión del momento y, consciente de las miradas de Rosita y su empleada desde la cocina, seguía luchando por mi vida. Y con timidez, avergonzada de mí misma casi, empecé a llamar hadas y a buscar duendes. Si ahora lo pienso, algún psiquiatra de ese tiempo podría haber dicho que el estrés de mi situación y la separación de mis padres me habían provocado un brote psicótico...quizás opinaría lo mismo. Desde ese momento le permití a mi mente escaparse tan lejos como quisiera, le permití el sinsentido, la irrealidad, lo paranormal y lo poético. Pero yo no estaba ausente, estaba demasiado conectada a la realidad, de hecho. También esa casa tenía rincones en los que era usual ver llorar a mamá, como la sala del teléfono en la que llamamos a mi hermana Karina por su cumpleaños, y nuestra habitación. Nuestra habitación a veces nos ahogaba. Mamá siempre tuvo los ojos demasiado hinchados. Salíamos a caminar por Osorno, yo pedía siempre comida (sufría de ansiedad, ahora lo sé) y no teníamos plata. David se iba por días a sus viajes de negocios y cuando volvía, mamá se ponía más nerviosa. El la abrazaba y ella me miraba, sabía que yo no estaba acostumbrada a ver demostraciones de afecto entre las personas, sabía que yo no entendía nada, sabía que mi vida había cambiado para siempre.
Los meses en ese lugar pasaron lento. Creo que fue sólo un verano, pero yo me salí del espacio tiempo y viví allí por una eternidad. Cuando nos fuimos de ahí, tuve miedo ¿dónde íbamos ahora? ¿a la realidad? Supongo que nunca abandoné del todo aquel lugar, supongo que una parte de mi mente sigue refugiada en la fantasía que encendió el fuego de esas maderas. Me quedé en las habitaciones prohibidas de los huéspedes, en el comedor donde discutían siempre esos personajes gigantes entre nubes de humo y celebraban la elección de Ricardo Lagos como primer presidente socialista en democracia. Me quedé en los aromas de la vieja y gigantesca cocina donde una nanita morena (que contrastaba con la palidez y los cachetes colorados de la alemana Rosita), preparaba mermeladas y dulces que me regalaba para que yo, la única niñita de la casa, estuviera más feliz. Quizás para que sonriera (lo hacía muy poco), quizás para que sonriera mi madre.




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