RUN

 Era un día así, exactamente así. El más frío del año hasta el momento. Mayo. 7 u 8 de la tarde. El frío quemaba la piel y, por una extraña razón, eso me pareció terriblemente excitante. Mi cuerpo quería moverse, imploraba moverse.

Llegaba de la universidad a la casa solitaria. Mi mamá andaba por algún país que no recuerdo. Adolf me había hecho a un lado otra vez. 

Habían por ahí unas zapatillas y un polerón ¿qué más? yo, solamente yo, salí a la calle y corrí.

Corrí

CORRÍ!!

Una noche como esta conocí el país que nunca he querido dejar. Aquel donde puedo hacer que mis sentido se agudicen, que mis pulmones quemen, que el cansancio o el dolor me traigan al momento presente. Mi cuerpo se volvió el arma con la que pude atacar cualquier pensamiento, enfrentar todos los miedos y hacer añicos mis sensaciones de vulnerabilidad que me acompañaban desde la infancia. Me hice hábil en escapar, ágil para sortear obstáculos. Llegué a ser tan liviana que podía volar. Afiné el oído para escuchar mis latidos. Bajo temporales, podía dar gritos de euforia porque la naturaleza me cubría de las críticas de los otros, de sus burlas y sus opiniones sobrantes. En los atardeceres que estallaban sobre mi cabeza, incendiando el cielo, sentía que me apoderaba de un trozo de milagro oculto a los ojos humanos. Si era muy temprano, observaba a las nubes levantarse desde su cama en los cerros, que comenzaban a hacerse más reales en el paisaje. 

En cambio, si sólo decidía cruzar la ciudad inmunda y su tráfico, me sentía una delincuente saboreando alguna maldad. Las calles eran un juego laberíntico y podía ir por cualquier lugar.

Me volví mentalmente fuerte. Mis mejores pensamientos surgieron en las calles. Le quité el poder a los que podían lastimarme, di la espalda a indiferencias crueles. Vivía, por unos kilómetros, sólo conmigo y para mí, desdeñando a los que, usualmente, protegía con mi alma.

Amé esa sensación de individualismo que fue creciendo dentro de mí. La dureza que poco a poco fui desarrollando. Soñé con que, un día, podía llegar a ser mentalmente indestructible.

Pasaron así varios años hasta que el primer incidente me hizo parar.  Y es que no pude, sencillamente. Y vi mis piernas allí detenidas, mi cuerpo esparcido sobre un planeta áspero quería quejarse. Lloré, rabié. Y descubrí que ya no habían kilómetros para mantener el autoengaño. Quizás todo el tiempo sentí que era libre, que escapaba de uno u otro infierno, que tenía bajo control los gritos, los rechazos y la muerte. Y vi mi imagen: yo, atada a un poste con las manos y pies maneatados, al filo de un acantilado, con una tempestad golpeándome el rostro, hiriéndome...y yo sin poder responder ni esquivar, teniendo que agachar la cabeza y aguantar. Y aun me pregunto cual de las dos es mi realidad: la débil castigada que se autodefine como una buscadora sensorial, refugiada en la autorregulación del dolor psicológico en la materia y su experiencia inmediata, o bien, la frágil mujer que logra hacerse fuerte con cada decisión que toma, motivada por absoluta e intrépida locura, rebeldía y desprecio hacia el sufrimiento ¿o ambas?

La gente asume que, por mi profesión, puedo entenderme y llegar a conclusiones que resuelven mis problemas. No es así, los temas que resuelvo con otras personas sólo los veo como enredadas madejas que logro desenmarañar con paciencia y técnica. Pero mi vista no llega a ver la punta de mi propio hilo y hay cosas, supongo, que nunca tendrán respuesta ni explicación.

Y sólo añoro volver a sentirme en control, verdadero o falso ¿qué importa? ni siquiera estoy segura de cuan verdadera o falsa es mi propia respiración.



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