Heil, abuelo.
Tuve un abuelo también, aunque cada imagen de él ha sido creada en base a historias fragmentadas, confesiones llorosas de mi madre y una fotografía. Sí, solo una fotografía. Nunca lo conocí, pero su peso en nuestras vidas es más denso y real, incluso, que algunas personas vivas. Mi madre habla de él con añoranza y orgullo y hasta creo que a veces intenta parecerse a él y, obviamente, buscar una mínima esencia de lo que él fue en cada uno de los hombres con los que se ha relacionado. Pero, según parece, nadie le llega a los talones.

Esos talones enfundados en bototos militares, brillantes, firmes y dominantes. Esos bototos que deben haber dado contra las costillas de mi abuela cientos de veces. Mi madre cuenta que sus manos tenían dedos largos y siempre estaban impecables...esas manos que golpearon su cuerpo de niña hasta sus quince años, cuando esas manos dejaron su habitual forma de puño y se abrieron para enfundar un chuzo con el que iba a matar a mamá, por haberla visto de la mano en la calle con un chico. Ese mismo día en que mi abuela corrió a decirle a mi madre que no volviera a casa, que se fuera a la casa de la familia Martini y la esperara allí. Ese día que mi abuela lo enfrentó sola, a un demonio cargando un chuzo dispuesto a matar. ¿Quién sabe qué pasó allí? la cosa es que al final mi abuela llegó a reunirse con mi madre llevando un bolso con ropa y el corazón quebrado de mujer que abandona para siempre al santo de su devoción.
Su foto dice que, en su buena época, era apuesto y delgado, con pómulos marcados y nariz larga y fina, con ojos que no se encontraban con los de nadie más, desviados en un gesto de desdén hacia una vida que no le parecía suficiente. Uniforme perfecto. Perteneció a la rama de Caballería Montada del Ejército y tocaba algún instrumento en la Banda de Guerra. Parecía que iba a tener una carrera brillante hasta que se casó con mi abuela, por alguna extraña razón. La maltrató desde que pololeaban, pero ella lo idolatraba y lo siguió donde fuera; corrió tras él en una caída lenta por un despeñadero de vino y pobreza.
Mi abuelo llegó a ser un alcohólico de tomo y lomo. No un principiante al que se le pasaban las copas y se hacía el bacán. ¡No, no! un adicto de clase, que se enredaba con las esposas de los Generales, que golpeaba a su esposa hasta la inconsciencia, que aterraba a su única hija mientras que, desde sus 6 años, hacía que le leyera el diario los domingos al desayuno con pronunciación y cadencia perfecta... y también cuentos tristes de niños o animalitos donde estos morían o quedaban huérfanos y pobre de ella si osaba llorar o temblar, porque la lección era formar su carácter sin lágrimas y sin quejas. ¿Acabo de describir a un sádico? No, sólo describo a mi abuelo, el que lloraba sobre la mesa escuchando canciones de Frank Sinatra, el que escribía largas y misteriosas cartas, al que mi mamá tenía que sacar de cantinas cuando quedaba abandonado por los amigos, como un despojo; el mismo al que algunos de sus Generales y compañeros visitaron para hacerle entrar en razón, pero que ninguno consiguió y al que terminaron destituyendo. Y después trabajó en un campo y en otro, escapando cuando se metía en problemas, con hija y esposa a la rastra.
Todo el tiempo me pregunto cual fue el secreto que mi abuelo llevó consigo hasta el día que murió, en un asilo cualquiera, ciego ¡quién sabe por qué! cirrótico, seguramente, o diabético...perdido en un delirium tremens donde, seguramente, aún podía dar órdenes a su mujer y atemorizar a su congelada niña. La niña a la que destruyó emocionalmente, la misma que después se convirtió en mi madre, con el trauma de su sombra presente todos los días de su vida y escondido en todas sus acciones; presente en todos los días de mi vida y oculto en todos los devenires de mi infancia y en las trampas de mi genética. A veces, cuando la oscuridad también le ha ganado a mi mente y encuentro una grata anestesia en el alcohol, aparece la amenaza de ser como él. Porque mi madre dice que me parezco en sus facciones, en sus gestos, en su forma de cruzar las piernas estando de pie, en el caminar...ella no sabe que también me he parecido en el sufrimiento, en el eterno cuestionamiento existencial, en el exceso de licor como analgésico de emergencia.
Y aunque quizás solo fue un borracho mujeriego y violento, aterrado por la idea del abandono y la soledad, toda su familia se encargó de reforzar esa aura de misterio que fue creciendo a su alrededor. Mi madre quiso buscarlo y se lo impidieron, cuando trataba de reconstruir lo que fue de él o pedía alguna foto o hacía preguntas, le decían que era mejor "no desenterrar el pasado", que dejara las cosas como estaban. Y aún así, luego de que mi abuela murió en 1997, mi madre lo buscó con desesperación y así fue como encontró su rastro, enterándose que, unos dos meses antes, también él había muerto. Quizás la tóxica pareja que formaban mis abuelos, en su amor de película de Hollywood muy al estilo del sur de Chile, se amaban realmente en la desgracia de aquellos tiempos de guerras, de hambre, de abusos y de injusticias sociales... escenario que terminó por resquebrajarse y tragarse a sus protagonistas en el más común anonimato.
Mi abuelo fue un enigma interesante y complejo, seguramente, al que me hubiera gustado tener en frente para tocarle las manos como de ángel caído, preguntarle cómo era cuando chico, comprender su tristeza y darle un balazo en la cabeza, todo al mismo tiempo o una cosa después de la otra, sin poder decidirme por el orden de los factores.



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