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Mostrando entradas de mayo, 2020

Not today.

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Esta vez es una de aquellas veces en las que la muerte se presentó ante mí tan de cerca que hasta sentí que toqué sus frías manos de reina congelada y todo mi cuerpo se inundó de aroma a hielo.  Aquel hombre, muerto frente a mí, era un completo desconocido, lo vi por primera y última vez sobre la mesa de la morgue y, a pesar de que su partida no causaba en mí ninguna conmoción,  me hizo llorar de angustia y temor. Pero empezaré por el principio. En la universidad tuve una amiga por casi 3 años, o algo así. Nos unimos tanto que pasamos a llamarnos "manas", es  decir, "hermana". Nos separamos, por supuesto, como suele pasarme con todas mis amigas...con todas las personas. En esta historia da lo mismo lo que nos unió y nos desunió, sólo importa que aquella noche, a eso de las 2 de la mañana, me llamó por teléfono para contarme que su padre había finalmente fallecido. El pobre hombre,  de avanzada edad, había estado agonizando hace bastante tiempo por culpa del cáncer y...

Miércoles de cine

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Debe haber sido miércoles, porque los miércoles íbamos al cine y ése día habíamos quedado de acuerdo. Bueno, no hacía mucha falta coordinar nada, cada miércoles el cine rebajaba su entrada y cobraba como luka.  Íbamos a ver cualquier cosa y a comer palomitas con coca cola.  Por ése tiempo, a mis 15 años, mi mamá yo ya habíamos dejado el papel de sufrientes  y habíamos decidido volvernos unas locas rebeldes. Yo pinté mi pelo rojo y ella empezó a escribir poesía en internet ¡sí, ya habia llegado internet a nuestras vidas con la compra de papá de nuestro primer computador! AHora que lo pienso,  creo que ese computador fue pensado como un ancla para nosotras que poco resultó, ya que todavía deambulábamos como gitanas entre la casa de mi papá y la de David, según los asaltos de nostalgia de mi madre, pero ésa es otra historia... Ella, la nueva poeta que se endeudaba en casas comerciales para viajar por latinoamérica llendo a encuentros literarios, yo, la nueva adolescen...

La Casa de Osorno

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Sólo quiero hablar sobre la casa. Los motivos que me llevaron allí sobrarán en miles de hojas, porque fueron los cimientos de todo lo que soy hoy. Sin embargo, esta larga historia se construye en mi cabeza en base a detalles y fotografías que, lamentablemente, ningún soporte tecnológico las ha conocido más que mi memoria. Sólo sé que era un soleado día de enero, pasado el mediodía. Bajé del auto con un vestido azul con flores hasta la rodilla y un oso amarillo gigante que David me había regalado justo antes de partir. Yo era una niña de 11 años de la década de los 90, es decir, una guagua.  La casa era enorme y toda de madera. Estaba en un barrio de colonos en Osorno, en un corto pasaje que daba al río. Estaba rodeada de árboles y aún quedaba un tono celeste en la madera desgastada (y no sé  si ésto es real o es sólo mi mente rellenando espacios). Estaba vieja pero para mí era un castillo en el que, me dijeron, íbamos a estar por mucho, mucho tiempo. Esa niña gordit...