Heil, abuelo.
Tuve un abuelo también, aunque cada imagen de él ha sido creada en base a historias fragmentadas, confesiones llorosas de mi madre y una fotografía. Sí, solo una fotografía. Nunca lo conocí, pero su peso en nuestras vidas es más denso y real, incluso, que algunas personas vivas. Mi madre habla de él con añoranza y orgullo y hasta creo que a veces intenta parecerse a él y, obviamente, buscar una mínima esencia de lo que él fue en cada uno de los hombres con los que se ha relacionado. Pero, según parece, nadie le llega a los talones. Esos talones enfundados en bototos militares, brillantes, firmes y dominantes. Esos bototos que deben haber dado contra las costillas de mi abuela cientos de veces. Mi madre cuenta que sus manos tenían dedos largos y siempre estaban impecables...esas manos que golpearon su cuerpo de niña hasta sus quince años, cuando esas manos dejaron su habitual forma de puño y se abrieron para enfundar un chuzo con el que iba a matar a mamá, por haberla visto de la mano e...